No cabe un majarón más

Llega su gran momento en Málaga, una semana al año en la que el subgénero se democratiza, el tuerto emigra y el ciego reina en el país de los ciegos

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Llega agosto y en Málaga no cabe un majarón más. No es que el resto del año seamos muy espabilados, la verdad, aunque con la astucia suficiente para que la ciudad vaya marchando con un mínimo de dignidad, salvo por lo de la limpieza, que es indigna. Pero es que ahora tenemos majarones por encima de nuestras posibilidades. Si a Trump le diera por veranear en Marbella, como en su día hizo la señora de Obama, ya estaríamos todos. Tenemos tontos de baba y otros con muy mala baba; idiotas para dar y regalar, Producto Interior Bruto, pero bruto, bruto; y mucho también de importación.

Pongamos, por citar un primer ejemplo, a los majarones de las linternitas láser en plan tributo a la Guerra de las Galaxias desde Torremolinos; dos homínidos de la Gran Bretaña, padre y retoño adolescente, que se dedicaron una noche a hacer la Gran Puñeta a los aviones que pretendían aterrizar en el Aeropuerto de Málaga. Se vuelven para casa con un 'souvenir' mínimo de 30.000 euros de multa en la maleta, que todos sabemos desde ya que no van a pagar, ni en euros ni el libras. Otro majarón, posiblemente interior y bruto, a tenor de la procedencia campanillera del haz, les fue a la zaga al día siguiente, y los controladores aéreos dicen que están un poquito hasta la altura de la torre de aguantar a tantos majarones, que afloran como las noctilucas las noches de verano y de verbenas populares.

Luego tenemos al majarón que se despide de la soltería dándole por saco a todo el vecindario, bien sea con 'antistripper' esposada y aguantando el tirón; o simplemente con disfraz estúpido y la caterva de colegas a juego. Ahora resulta que la ciudad se ha puesto de moda para majaronadas de este tipo, que es el último eslabón de la más cutre de las modalidades de turismo. Ya estamos tardando en ponerle freno, so pena de que los visitantes que de verdad nos interesan, los del taco, se vayan con su maletita a otra ciudad más acogedora, menos saturada y sobre todo, menos merdellona.

Llega el gran momento de los majarones en Málaga, una semana al año en la que el subgénero se democratiza, el tuerto emigra y el ciego reina en el país de los ciegos, con un ciego como un piano de cola. Desembarcan como legiones por cielo, tierra y mar; pueblan apartamentos que se caen a pedazos y se alimentan de vino malo y despojos sobre contenedores de basura. Es la meca del majarón, lugar de peregrinación obligatoria una vez al año.

El presidente de los empresarios de playas de Andalucía, Norberto del Castillo, ha dado en el clavo. Estamos todos muy contentos porque la Costa del Sol se encamina hacia otro récord de ocupación. Pero, advierte el sabio, no es sostenible subir todos los años en turistas, sino que en un destino maduro como el nuestro hay que apostar por aquellos con más capacidad de gasto. Claro, que para eso nos harían falta también hoteles y servicios de lujo en los mejores sitios, y todavía hay algunos que no lo comprenden. Así que, como en los bares cutres y atestados, dejen salir antes de entrar.

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