En busca de la foto

Sin ir más lejos

Puigdemont puede raparse para su relato, pero el Gobierno debe salir de estas horas de ofuscación contagiosa

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Aquella lejana España de 'el Lute' asistió a uno de los últimos pulsos individuales a un Estado policiaco en blanco y negro. Con la foto final de la pareja de guardias escoltando al quinqui despeinado el poder creía poner finalmente las cosas en su sitio, pero solo lo acababa de meter entre barrotes. El delincuente más famoso pasaba al imaginario popular como un héroe desarrapado, el penúltimo fichaje de transgesores de la ley cuyo destino es acabar envueltos en leyenda. La admiración social entonces no estaba en su condición de chorizo a la fuga que ponía en jaque a cuarteles y comisarías del país sino en sus hazañas como prófugo y escapista de cárceles odiosas. Reírse de la temible policía de Franco fue aperitivo de feliz irrealidad popular hasta la llegada de la dura transición. La gran pedagogía social que sería luego la conversión de Eleuterio Sánchez en licenciado en leyes rozaba lo excepcional en un paisaje carcelario de robagallinas. De Puigdemont, que camina desde hace meses sin ánimo alguno de reventar aunque tenga a toda la policía detrás, no esperamos que la negación del principio de realidad a la que está afiliado como nuevo partido le haga recapacitar hasta el punto de arder en deseos de abrazar en el futuro una cátedra de derecho constitucional. Ni dentro ni fuera de una celda medianera con corruptos. Cree tanto en la libertad como en el sueño infantil de pasar por invisible para la ley de un Estado europeo. Todo es ya incertidumbre en torno a la peripecia del personaje que se puso el traje de refugiado para escapar como el delincuente que pide ser llevado a la enfermería a probar suerte con un billete a Bruselas.

La democracia contra la que el terrorismo no ha podido durante otros cuarenta años trata ahora de defenderse con torpeza de sus nuevos trileros y quinquis como si no tuviera bastante con los hackers del Kremlin. Los peligros que llegan de Cataluña, vía Bélgica, crecen por horas como la ventolera que podría hacer perder los papeles al Estado más viejo de Europa. La transgresión legal ya no cuela como idea devanguardia soberanista. Es una performance de astuto payés ampurdanés con años de ensayo en un circo alternativo que ni Dalí en su delirio hubiera podido imaginar. Hasta el implacable imperio de la ley requiere astucia, algo que tendremos que importar de Copenhague. Puigdemont no es Cantinflas ni el Jerry Lewis de una comedia sino un bufón artillado que dispara a un Gobierno fuera de sí. Carrillo protagonizó una broma épica cuando llegó de aquel millonario comunista que le buscó una peluca confeccionada por el barbero de Picasso. Puigdemont puede raparse para su relato, pero el Gobierno debe salir de estas horas de ofuscación contagiosa. El prófugo se trabaja su guión a medida para ahogar en nervios, horas extras y descrédito al Tribunal Constitucional. La foto de candidato imposible entre dos policías es el trofeo, y dirigir Cataluña como un videojuego desde la celda, la victoria.

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