En busca del aprobado

JOSÉ MARÍA ROMERA

La arbitrariedad y la demasía con que estallan determinadas opiniones masivas en esta época no siempre son señal de que vivimos tiempos feroces, ni de ellas cabe desprenderse que nos acercamos a un inevitable imperio del extremismo. Por el contrario, hay motivos sobrados para creer que el pensamiento colectivo tiende más que nunca a la moderación. Aumentan las trifulcas, sí, y su alcance llega a personas y ámbitos antes ajenos a la discusión pública. Pero eso es debido principalmente a una proliferación de los canales de debate y expresión que permite a cualquiera no solo dejarse oír allá donde antes no tenía voz, sino hacerlo además sin aparentes reglas, trabas ni restricciones. Las redes sociales se han erigido en un ruidoso gallinero de dimensiones gigantescas, y es tal vez esa hinchazón de opiniones vociferadas lo que crea una doble impresión errónea: por un lado, la de que los sujetos tienen más ideas propias, y por otro la de que esas ideas circulan libremente.

No parece que sea así. Sin llegar al extremo que sostenía Chamfort al decir que la opinión es la reina del mundo porque la idiotez es la reina de las idiotas, hay que admitir que la mayor parte de opiniones que abarrotan redes sociales, foros digitales y nuevas ágoras abiertas son redundantes, ecos de voces que a su vez recitan frases hechas, consignas repetidas hasta la náusea sin otro poder de persuasión que su cantidad. Trátese del asunto de que se trate y sea cual sea su relevancia, el mecanismo responde a un esquema invariable: alguien con cierta influencia da el pistoletazo de salida y al instante es rodeado por una legión de leales que repiten sus palabras, comparten la intensidad de sus convicciones y pugnan entre sí por ver quién las defiende con mayor furia. Sin vacilaciones, sin reservas. Enfrente otros, por su parte, toman posiciones opuestas pero no por ello menos entregadas al acatamiento coral, sobre todo si a la opinión se le añade la condena del enemigo común.

En contra de lo que cabría esperar, la polifonía no ha traído matices ni sutilezas. Al revés: ha simplificado unos debates a menudo reducidos a un grosero cruce de golpes bidireccional. Donde parecía que cada uno podría aportar su criterio original, hete aquí que la mayor parte se lanza a la ceremonia de la mímesis. Lo cual no quita para que sigan jactándose de su independencia: nunca como ahora se ha cantado con tanta insistencia y convicción el estribillo del «¿A quién le importa?» de Alaska, ese supuesto himno al derecho de pensar, hacer y decir según el propio criterio y sin miedo al qué dirán. Dime de qué presumes y te diré de qué careces, sostiene el refrán. Vuelve a hacer estragos la eterna necesidad humana de estar en armonía con el grupo. Ya no se trata solo del comprensible anhelo descrito por Bertrand Russell en 'La conquista de la felicidad': «Muy pocos pueden ser felices sin que aprueben su manera de vivir y su concepto del mundo las personas con quienes tienen relación social y muy especialmente las personas con quienes viven». Ahora es una deliberada renuncia a pensar con cabeza propia jactándose de ello, lo que viene a dar la razón a Maugham cuando decía que lo difícil en una discusión no es defender la propia opinión, sino conocerla.

LA CITAJoseph Joubert «Cierra los ojos y verás»

El hipermercado de las opiniones en nuestro tiempo está tan nutrido de productos que siempre ofrece estratagemas para conducirse bovinamente pero aparentando hacerlo sin dependencias, a la luz de ese «sé tú mismo» tan repetido por las megafonías de la autoayuda y el crecimiento personal. Quizá ahí resida el magnetismo de unas redes sociales que permiten sentirse únicos e irrepetibles mientras se desfila en formación compacta. Siempre habrá maneras de vestir de singularidad rebelde lo que en realidad es adhesión incondicional a un dictado. El rancio tradicionalista presumirá de enfrentarse a la corrección sociopolítica y el radical de catecismo vivirá el sueño romántico de encabezar la revolución, pero lo más probable es que ambos actúen con las espaldas bien cubiertas por el grupo.

Tendemos a subestimar el poder que ejerce sobre las personas el miedo a la discrepancia, la necesidad de aprobación ajena, la búsqueda constante de un reconocimiento externo que siempre ofrece mucho más calor que la verdad o la justicia. Entenderíamos mucho mejor los comportamientos electorales, las actuaciones de los gobernantes, la vigencia de valores trasnochados y el éxito de nuevas tendencias estrambóticas, las modas culturales y las preferencias de ocio y entretenimiento, si supiéramos ver lo que tienen de actitudes inspiradas por el miedo a salirse del redil. Una educación que centrase sus objetivos en el refuerzo de la autoestima sería el mejor camino para crear ciudadanos con sentido crítico, seguros de sí mismos al tiempo que lo suficientemente escépticos como para no cerrarse en sus convicciones, reacios al dogma e inmunizados contra las llamadas al orden de la tribu. Como nos dejó dicho el siempre sabio Montaigne: «Es preciso prestarse a los demás, pero no darse sino a uno mismo».

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