Burbujas de olvido

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

No nos hace falta ningún catálogo oficial de grandes edificios vacíos. El inventario de esas criaturas públicas y privadas sin fortuna arquitectónica ni de otra clase forma parte de nuestro imaginario particular. Para unos es cosa de media vida pero hay malagueños que han crecido hechos a la idea de que son artefactos nacidos muertos para el paisaje urbano. La ciudad ha cambiado de forma notable incluso sin que se haya movido nada ni dentro ni fuera de estos miles de metros vacíos, lo cual dice mucho de lo poderosa que ha sido la transformación a su alrededor. Todos tenemos esos artefactos grabados en la memoria, y así pasan los años, las décadas, mientras nos encaramos con ellos -Correos, Astoria, Equitativa, Trinidad, Hospital de Santo Tomás, el no edificio de Moneo, San Agustín-, entre la resignación y la incredulidad. Espacios sin vida, sin pulso, en mitad de tanto pulso y tanta vida del Centro. Pura contradicción. La Catedral, punto y aparte, va y viene en el debate como la premisa mayor de que todo lo demás es menor y puede esperar. Si algo se puede tener durante tres siglos sin terminar, e incluso sin tejado, es bastante coherente que haya edificios que puedan estar sin uso aunque lleven acabados una eternidad. Esperan sin suerte un andamio, la señal del cambio, pero a veces sólo les llegan los jirones de un toldo para que entren los pájaros. La greña competencial se une con la miseria presupuestaria y su futuro sigue siendo un presente de abandono y expolio. Además del convento de la Trinidad o el colegio de San Agustín, que ya no nos valen por pequeños como posibles hemerotecas para guardar el caudal de ocurrencias y proyectos publicados sobre ellos, el edificio de Correos se levanta como un obelisco aquejado de obesidad mórbida sin novios ni utilidad a la vista. El de Hacienda, enfrente, espera salir de sus achaques, una enfermedad al menos con mejor pronóstico. Correos contagia hasta su vacío a la otra orilla. La deuda histórica que reclamaba la Junta al Gobierno central lo dejó ahí como botín herrumbroso de la guerra autonómica. Se levantó en la edad de oro del fax, cuando hasta ya las sacas de los carteros iban menguando. Los arquitectos no son adivinos, pero dejan huellas para la posteridad que solo los arquitectos podrán devolver a la vida. Dicen que Junta y Ayuntamiento intentan llevar allí el interés privado por un hotel, otra carta en la baraja de ocurrencias porque ocurrencia es pensar que alguna vez irán de la mano a un trato. Ahora, después de diez años, la Junta retoma lejos del Centro la idea de un edificio administrativo. Tendrá ocho plantas y será de nueva planta - 17,5 millones de euros-, como si ya tuviera hechos todos sus deberes en la ciudad de viejos conventos vacíos, de edificios cerrados a cal y canto y de 23 años y siete millones gastados en el alquiler de una nave para la Biblioteca Provincial, ese gran incunable del despropósito, esa burbuja de olvido.

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