Burbuja

La rotonda

Cabe preguntarse si tantos apartamentos turísticos son compatibles con un modelo de calidad

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

EL fenómeno avanza imparable. Málaga y Marbella ya tienen más plazas de apartamentos turísticos que camas hoteleras. En una ciudad como Málaga, con sus dimensiones de gran urbe y su explosión turística tardía enfocada a un turismo urbano y cultural, las cifras pueden obedecer a cierta lógica. En Marbella, sin embargo, con su tradición hotelera de medio siglo y un modelo turístico que necesita cimentarse en un servicio de alto valor agregado, esas mismas cifras deberían llamar a la reflexión y posiblemente también activar algunas alarmas.

La profusión de apartamentos turísticos comercializados gracias a las herramientas que facilita Internet es un fenómeno relativamente nuevo, pero a poco que se rasca en el debate acerca de sus consecuencias es como si nos encontráramos en las discusiones de la década anterior, cuando la disyuntiva no era entre hoteles y apartamentos, sino entre turismo convencional y turismo residencial. En plena expansión de la burbuja inmobiliaria, aquel era un debate que solía acabar siempre con una pregunta: ¿Por qué lo llaman turismo cuando de lo que se trata es de vender casas?

Ahora, con los apartamentos turísticos, hay una realidad que en algún sentido recuerda a la anterior. Es verdad que en las sociedades avanzadas han aparecido nuevas formas de viajar y también nuevas formas de comercializar toda clase de productos, muchas veces bajo el amparo de la falta de regulación por la propia condición novedosa de esos productos. Pero también es verdad que muchos de los inmuebles que hoy encuentran salida comercial bajo el amplio paraguas del turismo son herencia de la burbuja inmobiliaria, que la presión turística está echando a los vecinos de algunas zonas urbanas -y por lo tanto modificando sustancialmente la configuración social de las ciudades- y que el modelo turístico que se sustenta en apartamentos alquilados por Internet difícilmente puede convivir con aquel que se basa en hoteles con alta calidad de servicios. No se puede aspirar simultáneamente a un objetivo y también al contrario.

Tampoco puede ignorarse que la actual demanda turística que parece no tener límite es producto de una situación conflictiva en el Mediterráneo que no durará toda la vida, y que un modelo basado más en la cantidad que en la calidad asegura el pan para hoy y augura el hambre de mañana.

Sólo los ilusos y los fanáticos impenitentes pueden confiar en que la mano invisible del mercado encontrará por sí sola la respuesta adecuada a una situación nueva y compleja que puede determinar el futuro de nuestro sector estratégico. No deberíamos olvidar que lo peor de las burbujas es que al final explotan, y que la onda expansiva nunca se sabe hasta dónde puede llegar.

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