Bumerán

JOSÉ MARÍA ROMERA

Ha tenido que ser el Consejo de la Juventud el que nos ofrezca unos datos reveladores que otras instituciones ocultan o no están interesadas en obtener. Esos datos dicen que en la España de hoy cuatro de cada diez jóvenes de entre 16 y 29 años se encuentran en riesgo de pobreza. La tasa de desempleo juvenil es la segunda de Europa. Un tercio de los menores de 30 años está en paro, y una cuarta parte de los jóvenes que trabajan lo hace a cambio de salarios tan bajos que no les llega para vivir. Podríamos continuar, pero los números parecen empeñados en describir una desolación tan sin remedio que insistir en ellos acabaría siendo una invitación al abatimiento y no a la queja.

El último número del Boletín del Observatorio de Emancipación, editado por el consejo, contradice las cifras macroeconómicas y los discursos oficiales sobre el fin de una crisis que no solo permanece estancada sino que ha adquirido carácter estructural. Para la mayoría de los jóvenes empleo y vivienda son palabras quimera, ensoñaciones inalcanzables incluso entre los mejor formados. El modelo productivo en el que se debaten no es capaz de ofrecerles oportunidades y su fracaso aumenta cuanto más alto es el nivel de formación. Pero la señal más elocuente de este drama la da ese 80,5% de jóvenes que no han podido independizarse y siguen viviendo en casa de sus padres. Gran parte de ellos se emanciparon un día en mejores o peores condiciones, pero al cabo del tiempo los sopapos de la realidad los devolvieron al hogar de origen. Acabó el contrato temporal, subió el alquiler, no pudieron hacer frente a la hipoteca, llegó un punto en que la familia no podía seguir inyectándoles la paga mensual de refuerzo, no les salían las cuentas, en definitiva.

Esta vez los aficionados a poner etiquetas a las sucesivas generaciones de jóvenes lo tienen fácil. Son la generación bumerán, la de quienes emprendieron vuelo con esperanza o con coraje y al poco tiempo vieron cómo los vientos les invertían la trayectoria. Desde el punto de vista sentimental, volver a casa es una bonita experiencia cuando se vive por Navidad o los domingos a la hora de comer. Pero regresar para quedarse después de haber intentado vivir con medios propios supone una derrota que humilla al individuo y desacredita al sistema. Desde lo que fue su habitación de adolescentes estos realojados sin horizontes ven cómo en España siguen creciendo los beneficios de las empresas no financieras hasta un 42,6%, por encima del promedio de 40,6% de la zona euro. En lo que llevamos de crisis, mientras las rentas del trabajo han descendido un 6,1%, las del capital han aumentado un 1,7%. El 20% de la población ingresa 6,6 veces más que el 20% más pobre, y el 1% que acumula más patrimonio posee el 27,4% de la riqueza del país. No hay duda de que nuestros jóvenes tienen un fantástico futuro por delante.

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