Buenismo equidistante

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

Diálogo. ¿Quién en su sano juicio puede estar en contra de dialogar? ¿O del derecho de las personas a decidir y a expresar su opinión? ¿O del ejercicio de votar en libertad? Nadie que se considere una persona democrática, tolerante, razonable y con sentido común puede oponerse al desarrollo de la convivencia en paz, justa y solidaria. El matiz trascendental en todo esto es que para dialogar es preciso que todas las partes asuman las mismas reglas del juego y se sometan a ella. Se trata, sin más, de actuar conforme a la Ley.

Aquellos que reclaman, a título personal o en concentraciones multitudinarias, que los responsables políticos dialoguen para solucionar esta carrera demencial del independentismo catalán están cargados de buenísimas intenciones. El propio Andrés Iniesta, querido y admirado en toda España por muchas más cosas que su gol mundialista, lo expresaba así: «Nunca he valorado públicamente situaciones tan complejas con sentimientos diversos, pero esta situación que vivimos es excepcional y una cosa tengo clara, antes de que nos hagamos más daño: dialoguen, los responsables de todo dialoguen. Háganlo por todos nosotros. Merecemos vivir en paz».

Ninguna objeción, salvo alguna cosa. Para poder dialogar los líderes independentistas deben acatar la Ley, frenar este tren suicida y devolver a Cataluña y a toda España esa paz que todos anhelamos, como Iniesta. De lo contrario, podemos volver a perseverar en el error y construir el relato perverso de la falta de diálogo que ignore y justifique por la vía de los hechos el atropello democrático que ha ejercido el independentismo catalán, saltándose la Constitución, las leyes, el Estado de Derecho y la autoridad judicial y policial. Y ha sometido a millones de personas por pensar diferente.

Para sentarse a dialogar tienen que bajarse del burro. Por todo ello es tan importante no caer en el buenismo equidistante, ese que en nombre de la paz quiere envolver en una bandera blanca al delincuente. No vale la equidistancia, porque hay que tomar partido. Esto no es un pulso que se detiene; esto es un pulso que tiene que ganar el Estado de Derecho no sólo por el bien de Cataluña, sino de España y Europa, que mira con temor hacia las Ramblas con la inquietud de que el virus del independentismo fracture la convención europea. Y después, el caos.

Al final, el independentismo se está desmoronando por la pela, por el dinero que siempre marcó las relaciones de los Gobiernos con Cataluña. También por variados intereses, como el temor ridículo de Piqué a perder seguidores en redes sociales o el miedo de muchos de terminar en prisión por muchos años.

Este golpe al Estado va a dejar heridas en Cataluña por muchos años, ruina emocional, social y económica por la temeridad e inconsciencia de un independentismo esquizofrénico capaz de aliar a la burguesía catalana con los antisistema. Es el momento del diálogo, sí. Pero en la mesa del Estado de Derecho, con toda su autoridad.

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