De Brenan a La Cónsula

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Doy un paseo vespertino por Churriana, el sol se esparce por los cuatro costados. Visito el delicioso caserón donde residieron durante muchos años Gamel Wolsey y Gerald Brenan, al albur de la abrupta geografía política de la piel de toro. Es increíble pero por esta casa pasó una extensa nómina de ensayistas, novelistas, periodistas, cineastas y críticos, amigos del autor de 'El laberinto español', todos de primera línea, entre otros, en 1959, Hemingway y Welles, antes, Bertrand Russell, Cyril Connolly y Edmund Wilson, Paul Bowles en el 65 y Bruce Chatwin, a principios de los ochenta, que tuvo el valor de revender en la Librería Anticuaria Mateos la exquisita colección de libros de viaje que el ya anciano Brenan le había regalado, pero Antonio Mateos, de inmediato, devolvió los volúmenes a su autor; después, me deslizo por los Jardines de La Cónsula, parque embrujado de una finca que evoca los brillos del sur estadounidense donde parece que va a hacer acto de presencia, de un momento a otro, el fascinante fantasma de Escarlata O'Hara, o el de su alter-ego Vivian Leight, que por cierto, también visitó a Brenan, acompañada de su insoportable marido, el ególatra, y gran actor, Lawrence Olivier. Gamel comentó, en más de una ocasión, que los amigos de su marido eran acogidos por unos días, pero permanecían meses, y eso la trastornaba. Cyril Connolly, conocido por su avaricia, su lengua afilada, su cara dura y sus excentricidades, pretendió criar hurones con hígado de caballo. «Los hurones -aseguraba- cazan naranjas y te las traen para el desayuno, lo malo es que a veces se confunden y te estampan un huevo en la cabeza, o te entregan una pelota de ping-pong, y luego se carcajean».

Horas antes había oteado, desde lejos, el palacete de Santa Tekla, a la que afecta una ruina imparable. En su momento de máximo esplendor fue propiedad de la familia Gross, y era el símbolo de la abundancia, y hoy, las vueltas que da la vida, se ha convertido en un monumento a la decadencia. Pero ahora vuelvo a La Cónsula, así llamada porque uno de los primeros propietarios fue Juan Rosse Kupckovius -vaya apellido-, cónsul de Prusia que vino a enriquecerse a nuestra ciudad. Y es que en el convulso siglo XIX, la alta burguesía, ennoblecida o no, creó una tipología de casona señorial en la que dieron rienda suelta a un lujo pacífico, artístico, placentero, entre parterres de rosas rojas y amarillas, cipreses, eucaliptos y fuentes con traviesos faunos que proyectan sombras de un tiempo ido. Bill y Annie Davies, últimos dueños de La Cónsula, se dedicaron a innovar el interior, y en sus paredes colgaron varios lienzos del expresionista Mark Rothko para el solaz de sus incansables invitados. Hemingway alternó la redacción de 'Verano sangriento' con el nostálgico 'París era una fiesta'; decía que La Cónsula era el mejor lugar del mundo para escribir. Ahora leo que se reabre la escuela de hostelería y restauración, y brindo a solas por el éxito de la empresa. Desde la verja una anciana me mira y se sonríe.

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