Abogando

Boquita de cabra

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

LO digo así, en diminutivo, para quitarle hierro pero, la verdad, es que me estoy empezando a preocupar. La semana pasada pronosticaba que el verano seguiría por varios meses y cayó la mundial. En Marbella no tanto pero en toda España, sí. Menos mal porque ayudó a apagar los incendios pavorosos de Galicia y Asturias. Es incomprensible que haya un desalmado, solo o en compañía de otros, que monte un artilugio para quemar el bosque. Y, en esta oportunidad, no sólo el bosque sino también casas, poblados, talleres, industrias, sumiendo a sus ocupantes y propietarios en la ruina. Hogares destruidos, puestos de trabajo perdidos, en algunos casos, quizá para siempre. Un horror. Por fortuna, especialmente para él, las llamadas fuerzas y cuerpos de seguridad han estado alertas porque si le llega a pillar el soberano pueblo qué presunción de inocencia, derecho a un juicio justo, supresión de la prisión permanente revisable ni gato muerto. Le habrían aplicado directamente la ley de Lynch y, claro, eso no está bien por muchas ganas que le tengamos al sujeto. Se ha puesto de moda el quemar. Hasta se ha quemado una ministra en el vecino país. El único consuelo es que la naturaleza es terca y pertinaz y los campos arrasados vuelven un día a ser verdes. Pero un día, a veces lejano.

Allá por mitad del siglo pasado había una tira cómica, creo que aparecía en una revista argentina, de un personaje que se llamaba Fúlmine. Se le representaba siempre de negro, con un sombrero y un paraguas todo oscuro como a nuestro Mortadelo que podría pasar por hijo suyo. El fulano era una simpatía. Cada vez que abría el pico se producía una catástrofe. Yo no llego a tanto pero es que me ha dejado impresionado el mal de ojo que le he echado a mi restaurante favorito, bien ex restaurante favorito. He confesado ya varias veces que salgo poco. Entre que las cenas son cosas del pasado por aquello de las sepulturas y que para las comidas me tiene contratado Marta, voy a pocos sitios. Además, mi incipiente autismo me impulsa a repetir siempre. En el Puerto hundí a aquel inolvidable, donde tomábamos la copa «brasiliana» después de la pizza margarita con doble de queso y la ensalada del chef. No sé donde me cabía eso pero lo cierto es que todo quedó en un pasado no susceptible de ser rescatado. El desayuno que tomábamos mensualmente con Belén y Rafa en un lugar muy bien decorado frente a la plaza de las jacarandas se ha tenido que trasladar a otro emplazamiento aún no demasiado bien definido porque quien nos daba cobijo cerró de la noche a la mañana. Y ahora, mientras le comentaba a alguien que la trattoria de mis amores nada tenía que envidiar a la mejor de Milán, Roma o Venecia, me entero que cierra después de cincuenta años. Y cerró, ante mi desolación. Alcancé a ir el último día. Aquí no se le puede echar la culpa a la segunda generación, es siempre la tercera la que arruina el negocio, porque el hombre hizo lo que pudo para honrar a Stefano a quien recordamos con cariño. Yo me hacía ilusión que estaba como la señora Castorini -Hechizo de luna- en casa allí. Ahora, ¿quién me hará la ensalada de zanahoria? ¿Y la de alcachofa?

Observo con preocupación la deriva de los negocios pequeños en el centro. En desigual competencia con las grandes superficies que disponen de una variedad que permite ir de un sitio a otro sin mojarse y, especialmente, de un espacio donde aparcar porque se ubican en el extrarradio están sufriendo serias dificultades para vencer la voracidad inmobiliaria. Si resultas ser dueño del local, igual te lo compra alguien y haces el beneficio de tu vida sin dar ni golpe. Ganas en una mañana lo que no en diez años de abrir y cerrar la cortina. Si tienes la desgracia de ser arrendatario, estás expuesto a los cambios legislativos y a la impiedad del casero. Es que el quien ha estado largos períodos chupando la tubería del gas con una renta congelada y de todo punto ridícula mientras veía como se revalorizaba su finca con una desproporción gigantesca sobre el rendimiento, aprovecha de vengarse y ponerle las cosas difíciles al inquilino. Este tiende a aguantar un tiempo pero se da cuenta que no puede seguir laborando sólo para pagar el alquiler.

No pienso decir en cuál me refugiaré de ahora en adelante. No vaya a fenecer.

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