El Extranjero

Boicot

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

No comprar cava, no comer pizzas armadas en Cataluña, no probar el fuet y no se sabe cuántas formas más de practicar la guerrilla. La Navidad puede ser la época en la que los sentimientos fraternales afloran pero eso no quiere decir que nos hermanemos con la escoria de la humanidad, los catalanes. El delirio no come fuet ni pizzas pero se alimenta de soflamas absurdas y estrategias que más que a Caín recuerdan a Pepe Gotera y Otilio. Dicen algunas encuestas que el 23 por ciento de los españoles boicotean los productos catalanes. Esperemos que esas encuestas padezcan el mismo mal endémico que las recientes prospecciones electorales y sean sinónimo de error.

Los bomberos de la economía y la sociología se han apresurado a sacar una manguera de datos para que los guerrilleros de la causa rebajen el acoso. Los tapones de las botellas de cava provienen de Málaga, los pimientos de las pizzas de Murcia y el atún de Galicia, etcétera. Una información que se agradece y que se basa en algo tan curioso y al mismo tiempo tan elemental como la dinámica del bumerán. La pedrada lanzada con todo nuestro odio que acaba dándonos en mitad de la frente. Nos quedará siempre, eso sí, el odio, ese horno que se alimenta con la grasa de nuestras propias tripas. Los más belicosos podrán decir que muy bien, que la pedrada hiende nuestra cabeza pero que también hiere la del catalán. La guerra es la guerra. Y el disparate el disparate.

Porque ya no se trata de que el boicot afecte a empresas y trabajadores malagueños, extremeños o manchegos. Es que también afecta a trabajadores catalanes no separatistas que se ven agredidos por sus paisanos de comunidad autónoma y por los del resto del Estado. Catalanes que, ante esta manifestación de odio que supone el boicot a su trabajo honrado, pueden empezar a darle la razón a los independentistas que basan parte de sus argumentos en la animadversión que el resto de los españoles siente por todo lo que huela a catalán. Que los independentistas se han hecho antipáticos para la mayor parte de los españoles es evidente. Pero el modo de desfondarlos no es tirando al bulto o echando piedras sobre nuestro tejado. Querían la foto de una anciana apaleada por la policía y se la dimos. Querían pseudo mártires y ahí están los presos, servidos. No le hagamos más su sucio trabajo propagandístico con la pataleta del boicot. Cataluña, Barcelona, fueron un icono de modernidad, progreso y europeísmo para una generación que abominaba de la España profunda y arcaizante del franquismo y el inmediato postfranquismo. La revuelta soberanista tan largamente, y en el fondo tan mal planificada por los independentistas nos ha mostrado los sótanos de aquel icono. La Cataluña profunda. La descosida del seny y el mestizaje, aferrada a la barretina y al terruño. Por dignidad y también por pragmatismo, no nos pongamos a su altura en una oscura carrera hacia la caverna.

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