La boda de Helenita

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Helenita era un bella joven que vivía en una pequeña ciudad Estado del Mediterráneo. Helenita era hija de Tindáreo, el rey, y acababa de volver a su ciudad después de pasar su primer curso en una universidad extranjera. Una tibia tarde de verano, Leda, que así se llamaba la madre de Helenita, le dijo: «Helenita, hija, tu padre ha acordado con Agamenón que te vas a casar con su hermano Menelao». Helenita, poniendo el grito en el cielo, contestó a su madre: «¡Ni muerta!, ¡con Menelao no!, mamá, con Menelao no, que es feo y viejuno. Además, a mí el que me gusta es Paris, el hermano de Héctor, que vive en un Colegio Mayor que hay al lado del mío». La madre de Helenita insistió: «Hija, esta es una decisión de tu padre, que es el rey, y tienes que acatarla». A lo que Helenita, que acababa de terminar el primer curso de Ciencias Políticas, dijo: «Papá es un tirano, y me gustaría que hubiera una revolución democrática para que sea el pueblo quien tome las decisiones».

Por aquellos tiempos se estaba produciendo un proceso de transición a la democracia en la mayor parte de las ciudades de la región. De modo que, al poco tiempo de que Helenita tuviera esta conversación con su madre, la ola democratizadora, que se había iniciado unos meses antes en una ciudad vecina, alcanzó a la ciudad de Helenita. El rey fue depuesto y sustituido por la asamblea permanente de los ciudadanos y ciudadanas de la ciudad. La democracia se extendió hasta el último confín de la vida social, y desde ese momento todas las decisiones se tomaron por mayoría.

De modo que, cuando nuestra heroína volvió a su casa en las siguientes vacaciones, una delegación de mozos y mozas se acercó a la casa de Helenita y le dijeron: «Ciudadana Helena, hija de Tindáreo y Leda, los mozos y mozas de la ciudad, después de deliberar y votar democráticamente, hemos decidido que te vas a casar con Menelao, el hermano de Agamenón». Naturalmente Helenita se agarró un rebote notable y, acordándose del libro de un autor llamado Philippos de Hibernia sobre un ideal político llamado republicanismo, que le había recomendado el profesor Andréas de Kiko, replicó a la delegación de jóvenes demócratas: «¡Qué vais a ser demócratas!, vosotros sois unos populistas de mierda (sic), eso que vosotros estáis haciendo se llama tiranía de la mayoría, no democracia, sois un pueblo liberticida y no acato vuestra decisión».

Helenita había comprendido que lo importante no es quién tiene el poder, si una persona o una multitud, sino los límites de ese poder. La gente de la ciudad seguía usando el poder en los mismos términos que su padre, el rey Tindáreo, es decir, como un tirano. Lo importante, recordó Helenita del ideal republicano, es no estar sometido al capricho arbitrario de nadie. Ya sea ese capricho la voluntad de su padre o de una mayoría de los ciudadanos. En la práctica tanto o más importante que decidir quién tiene el poder, es definir cómo se ejerce el poder y para qué se puede usar. Querido lector o lectora, ¿a que se entiende?

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