La rotonda

Las bestias

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Algo está yendo muy mal cuando de nuestra especie emana tanta crueldad. Admito que he sido incapaz de seguir con fidelidad el juicio a 'La Manada' porque es insoportable el relato: imaginar el miedo, el dolor y la vejación que sufrió esa chica aquella fatídica madrugada. Y, quizá lo peor, el lastre que arrastra desde entonces: el estremecimiento cada vez que sienta una sombra próxima, el estruendo interior tras una carcajada masculina y la enorme dificultad para rehabilitar su territorio íntimo. Y resulta más desolador aún asistir a las pruebas periciales que revelan a los cinco cerdos disfrutando de la humillación; convirtiendo el sufrimiento inflingido por ellos mismos en un ocio tenebroso, en una liturgia de tortura, en el sádico entretenimiento de un monstruo. Qué horror.

Luego llegó el 25 de noviembre y las estadísticas de la violencia machista volvieron a desarmarnos de toda esperanza. Tanta campaña, tanta pancarta, tanto 'hashtag', y rara es la semana que acaba sin que alguien no le descerraje un tiro a su expareja delante de sus hijos y luego se suicide, como si la culpa tras el arrebato fuese un atenuante. Claro, que todo empieza en realidad mucho antes. Nunca me hicieron gracia los chistes machistas, como tampoco los que se ríen del diferente. Entre otras cosas, porque no le veo el humor a que se burlen de mi madre, mi pareja, mis sobrinas o mis amigas.

Y todo es tan descorazonador porque nos golpea con una certeza difícil de digerir: siguen vigentes nuestros instintos más rudimentarios. Nos queda aún algo de Puerto Hurraco en el ADN; conservamos mucho de Paco, Régula y don Iván, los pilares sobre los que pivota la cruda historia de 'Los Santos Inocentes' en aquella España primaria retratada por Delibes. Y ese primitivismo endógeno nos arroja sin remedio a la frustración de comprobar que tras tanto tramo recorrido, aún asoma de la mochila de nuestra evolución un fragmento de azada. Todo eso explica el salvajismo machista que no cesa. Y quizá también, y salvando las distancias, esa sucesión de episodios de maltrato animal, a cuál más atroz. Por las páginas de este periódico han desfilado mascotas castigadas hasta la desnutrición, perros golpeados con barras de hierro. Y la triste historia de Robin, el pequeño cachorro lanzado varias veces contra el suelo por simple deporte, que además acabó sacrificado en la perrera municipal no se sabe muy bien con qué criterio.

No se trata de adoptar el espíritu franciscano del de Asís ni este ultraanimalismo que te condena por freírte un huevo. Quizá se trata sólo de humanidad con nuestros compañeros de ecosistema. Alguien que es capaz de llegar a ese grado de ensañamiento con un cachorro no tiene el freno moral para no hacerlo con un bebé o una compañera de piso. Y eso es lo desmoralizante: saber que entre la manada también hay unos cuantos hijos de perra.

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