EL BENEFICIO DE LA DUDA

DIEGO CARCEDO

Escuchando estos días la voz de la calle, la primera impresión que ofrece el cambio de Gobierno es que cuenta con más apoyos la destitución de Mariano Rajoy que euforia despierta el nombramiento de Pedro Sánchez. Siempre los relevos políticos dividen las opiniones. Y en este caso la realidad es que el nuevo presidente no llega al cargo con buenos augurios. Nada hay contra él que facilite a sus enemigos y adversarios -porque de todo tiene quien llega tan alto- la crítica ni la descalificación: su biografía es limpia y, sin deslumbrar, hasta brillante.

Pero tiene muchos elementos en contra: poco tiempo para afianzarse, un respaldo parlamentario reducido, la escasa experiencia con que cuenta y haber conseguido el cargo con la rémora de votos legítimos pero de partidos estigmatizados y con los que está predestinado a discrepar. Discrepar no incapacita para negociar, más bien al contrario, y Pedro Sánchez tendrá que hacerlo siempre bajo la suspicacia de que cualquier cesión será utilizada en su contra como si se tratase de un compromiso o un pago por haber contribuido a auparlo al poder.

Son pocos los análisis y opiniones que conceden el beneficio de la duda a su éxito. Sin embargo, aparte de que se trata de un derecho que nunca se debe soslayar, en la historia reciente de España hay ejemplos que demuestran cuan errado resulta a veces emitir juicios precipitados de descalificación o pronósticos de fracaso. Quizás no venga mal tal día como hoy recordar algunos.

El primero, sin duda, fue la designación del príncipe Juan Carlos Carlos como futuro Rey. Aquella decisión de Franco a despertó todo tipo de descalificaciones. Y no sólo porque fuese iniciativa del dictador, sino también porque sólo se valoraba negativamente a la persona elegida, a su capacidad para el cargo, al futuro incierto de la monarquía y a la que se daba como segura continuidad del régimen que heredaba. Cuantos hacían pronósticos y chistes sobre el breve y catastrófico reinado que se le auguraba se equivocaron.

Algo parecido ocurrió un tiempo después, cuando el propio monarca, todavía con todos los poderes del Estado, nombró, ante la sorpresa general, a Adolfo Suárez presidente del Gobierno. Aquella exclamación de «¡Qué error, qué craso error!», sintetiza todo lo que entonces se dijo contra quien devolvería la democracia a los españoles.

Todavía hay un tercer caso que puede servir para ilustrar lo arriesgado que es precipitarse a sentenciar con anticipación. Fue sin duda la llegada de los socialistas, con Felipe González y Alfonso Guerra a la cabeza, a la Moncloa en medio de todo tipo de dudas, temores y premoniciones siniestras sobre los males que supondría para los españoles, para la unidad de la patria, para la tradición cristiana, para la propiedad privada y hasta para la seguridad de los conventos de monjas sin olvidar la prometida salida de la OTAN, en plena Guerra Fría, y hasta la CIA alarmando con la incorporación de España al Pacto de Varsovia.

Los tres dirigentes puestos en duda acabarían antes de que pasasen cuatro décadas en los principales protagonistas de la reciente historia de nuestro país.

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