Bendito ruido

La rotonda

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

Acomienzos de este año, el club de rugby de Marbella, donde centenares de niños practican deporte semana tras semana, fue sorprendido por el embargo de sus cuentas por un fallo administrativo que a punto ha estado de hacerlo desaparecer. El problema, en vías de solución un año después, puso sobre la mesa la dramática situación de los clubes deportivos de Marbella, una ciudad considerada un paraíso deportivo cuando se la mira desde fuera pero en la que sus vecinos suelen verse obligados a saltar un obstáculo tras otro cuando pretenden disfrutar de una práctica habitual y reglada.

Ahora, hay cientos de niños de Málaga que se enfrentan a la amenaza de no poder continuar con su práctica deportiva habitual porque sus clubes han sido multados por el Ayuntamiento. El motivo suena absurdo en una ciudad en la que entre sus múltiples cualidades no figura, por cierto, la de ser una urbe silenciosa. Los clubes han sido sancionados porque los chavales, cuando juegan al baloncesto, ¡hacen ruido! Bendito ruido.

Si el éxito que el deporte español cosechó internacionalmente en la última década en muchísimas disciplinas se hubiese traducido en política deportiva en serio, hoy tendríamos deporte escolar incorporado a la currícula y clubes con instalaciones deportivas decentes protegidos legalmente ante despropósitos de este calibre. Y tendríamos también a una población concienciada de que el ruido de niños practicando deporte no es ruido, sino música.

Es posible que a semejante despropósito siga en próximas fechas, tras la lógica movilización social, una promesa de rectificación por parte de los responsables municipales. También se escucharán cálidas palabras tranquilizadores. Seguramente los responsables de los clubes de Málaga se encontrarán con políticos de diferente signo que palmearán sus espaldas, ensalsarán la tarea social que desarrollan y contarán alguna anécdota, real o inventada, sobre su juvenil entusiasmo por la práctica deportiva. También cabe esperar alguna sesuda reflexión sobre la función social del deporte en el combate de las lacras sociales que acechan a niños, niñas y jóvenes.

No se trata de rebajar expectativas, ni de convertirse en pájaro de mal agüero, tampoco de alentar tensiones, pero la experiencia de los últimos doce meses en el rugby marbellí invita a lanzar un consejo a los clubes de baloncesto de Málaga: contraten un buen abogado. Los políticos suelen esconder su negligencia en la imposibilidad de detener la maquinaria administrativa una vez puesta en marcha. Y no dejen de recordarles que los padres y las madres de los niños a quienes quieren recluir frente a la tele y la videoconsola también votan.

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