Bebé de la patera

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

No nos dijeron tu nombre, nunca lo hacen, así que te llamaré Bebé de la patera. Llegaste en una de tantas al puerto de Málaga, de madrugada, con un abriguito milagrosamente seco y con capucha, de la que apenas sobresalían los ojos, somnolientos pero atentos. Es verano y el mar en calma bajo la luna sigue estando vacío, oscuro. Frío como la estadística de la jornada de trabajo para Salvamento Marítimo, en la que sólo eras un número sin rostro: tantos varones adultos, tantas mujeres, de ellas alguna embarazada, y un crío de corta edad. Eres fuerte, Bebé de la patera, y a lo pocos meses de ver la luz ya has sobrevivido al viaje más difícil de lo que te queda de vida. Fuerte y valiente, que no lloraste ni una sola vez cuando los hombres de rojo con las máscaras blancas te sacaron de la barcaza para ponerte a salvo en su potente lancha. Tampoco después, cuando te subieron a tierra, envuelto en una pequeña y tétrica manta dorada.

A pie de muelle, en brazos de un voluntario de Cruz Roja se pierde tu pista. Otra de las pasajeras es tu madre, y con ella te llevan, no sabemos a dónde, ni por cuánto tiempo. De momento, ambos habéis recalado en un piso tutelado de una ONG, donde tienes los cuidados necesarios. Pero para ella la vida no es fácil, sin papeles no hay trabajo, y por aquí tampoco sobra, aunque al menos la amenaza del hambre, la violencia y la guerra ya han quedado al otro lado del Estrecho.

El peligro no ha cesado. Si tu mamá no ha pagado la deuda a la mafia por vuestro pasaje pasarás las noches solo en un cuartucho, mientras ella se gana vuestra libertad entre sudor y lágrimas. Si ella no pudiera atenderte, hay decenas de familias esperando a las que les encantaría ser la tuya. Ya ves como está España: casas sin niños, niños sin casa.

Luego vendrá una ciudad detrás de la otra, un país tras otro, siempre en busca de una oportunidad. Echarás los dientes en el sur y aprenderás a andar en el norte, y el camino te llevará por medio continente, que nadie te podrá decir que eres menos europeo que los que no ven más allá de sus vetustas fronteras mentales. Quizás en una fría noche nórdica te despertará sobresaltado una pesadilla en alta mar, un foco potente frente a esos ojillos abiertos, los gritos de la gente que te aturdían entonces y que atronan ahora. Luego, eternas jornadas de trabajo clandestino y mal pagado para poder comer, pero eso será otra historia.

Ojalá que cuando crezcas no nos guardes demasiado rencor.

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