Otro barrio

Otro barrio

La jornada laboral, aunque algo tenga de odisea, no es más que parte de la prosa de nuestras vidas. La poesía que cada cual aporte a su trabajo es obra de cada uno

ANA SANZ. JURISTA Y AUTORA DE TEATRO

Todos tenemos una mayor o menor sensación de pertenencia al lugar en el que se encuentra nuestra vivienda y también a aquel otro en el que, sin estar censados y sin tener propiedad alguna o pagar alquiler, pasamos muchas horas de nuestras vidas; esas que precisamente nos ayudan a hacer frente a la factura que nos acredita como inquilinos o a la hipoteca que un buen día nos hará dueños de unos cuantos metros de ilusión de propiedad privada. El caso es que una parte importante de las horas de la población activa de pueblos y ciudades discurre cotidianamente entre dos barrios. Y no es que me olvide en estas líneas de aquellos que, más que cambio de distrito, se disponen de lunes a viernes a trocar su ciudad o su núcleo rural por el hábitat que responde al pomposo nombre de ciudad universitaria, también llamada campus. Son los chicos y chicas que están preparándose para formar parte en el futuro -ellos esperan que inmediato- del tejido productivo; pero como la población universitaria y sus ambiciones son dignos de, no uno, sino muchos, muchos artículos, en estas líneas me centraré en la gente estrictamente curranta.

Para millones de currantes (y repito el término) la distancia que separa su domicilio particular del centro de trabajo hace que todos los días laborables se conviertan en un remedo de Ulises antes de avistar al timón del utilitario, moto, bicicleta o gran turismo el barrio en el que ganar ese sueldo que les sirve para asumir la condición de eslaboncito en la cadena de la ineludible sociedad de consumo. Los ulises de andar por casa que abarrotan las vías urbanas e interurbanas durante las horas previas y posteriores a la jornada de trabajo lucen en su semblante el modesto vínculo que les une a su condición de productores, con la diferencia de que ningún Homero hablará de los anónimos trabajadores el día que toque dejar el barco varado tras la singladura laboral. La gesta de cada pequeño héroe quedará impresa únicamente en la memoria personal y en la del núcleo más o menos numeroso de los que conozcan de sus afanes. Algo es algo aunque no se cuente entre los hitos de la Literatura, ya que pocas vidas dan de sí como para que las escriba Homero o sus literatos descendientes. La jornada laboral, aunque algo tenga de odisea, no es más que parte de la prosa de nuestras vidas. La poesía que cada cual aporte a su trabajo es obra de cada uno.

Desde el centro urbano hasta la periferia; desde la ciudad dormitorio que se despereza a las horas tempranas en las que sus hacendosos trabajadores preparan la tartera con el lunch de medio día o revisan si en la cartera hay suficiente numerario para el menú del restaurante de comida casera servida muy lejos de casa o también desde el barrio residencial hasta el parque empresarial o hasta el centro de negocios, los ciudadanos que componen el tejido social productivo cambian de barrio por unas horas y con ello agregan a su bagaje personal un plus de crecimiento que se deriva de la experiencia de su estancia eventual en un paisaje del que si no fuera por el trabajo no tendrían más noticia que la que se puede leer en las páginas de los diarios en las que se hacen eco de la vida local.

La ciudad moderna y su hinterland está diseñada para ser recorrida en un tiempo razonablemente récord y la maratón diaria tiene millares de participantes; pero en lugar de exhibir el preceptivo dorsal, lo que se aprecia en el rostro de los corredores es una cara de prisa cuando no de velocidad en esa franja horaria en la que el productor se encuentra en el tiempo 'in itinere', largo trecho cuando lo que se presenta es el simpático atasco antes de conseguir el acercamiento al lugar donde ejercer de personas de provecho que dirían los antiguos.

Cuando las zonas de residencia y de trabajo son muy diferentes entre sí el trayecto cotidiano tiene un interés especial. Salir de un barrio de interior y pasar la jornada de trabajo en unas dependencias frente al mar tiene su aquel. En tal caso, ¿para qué va una a pagar vistas a la bahía que solo disfrutará un par de horas diariamente, ya cansada antes de acostarse, si la consultora en la que trabaja y en la que piensa jubilarse le ofrece unas instalaciones de trabajo con una panorámica privilegiada? Hace falta tener un sentimiento acusadamente patrimonialista para afrontar semejante gasto; eso y una suma de euros al alcance de muy pocos. En cualquier caso y más allá de las analogías y de las diferencias entre el punto de origen y el de destino de los millones de ulises que se desplazan a diario para ganarse el pan, hacerlo con el aliciente de cambiar el paisaje vital siquiera sean unas horas, aporta un punto de chispa a la vida que discurre entre un barrio... y otro barrio.

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