Barra libre

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Como la procesionaria, esa oruga tramposa que baja de los árboles cuando llega el buen tiempo, los adscritos a la confrontación continua asoman su cabeza en cuanto olisquean elecciones. Les caracteriza el ansía por recuperar lo perdido y una resistencia ridícula a aceptar cualquier cambio que no se ajuste a sus estrecheces. En realidad siempre han estado ahí, agazapados tras un odio crónico, pero su terreno natural de juego es el campo de batalla. Preparan la campaña electoral como si acudieran a la guerra, imbuidos por un viejo espíritu carlista y cargados con su clásico arsenal de ataques personales, favores debidos y promesas que no valen nada. Así entienden la política, y por extensión la vida: desde una simplicidad belicosa que asusta. El mayor error de estos falsos nostálgicos, en sus cabezas seres iluminados sin quienes sus pueblos se caen a trozos, reside en la incapacidad de aceptar que el tiempo de la política entendida como barra libre ha pasado.

Es momento de alejar el revanchismo y recordar que el mensaje lanzado por las urnas en estos últimos años casi siempre ha tenido como denominador común, con independencia de que se tratara de elecciones municipales, autonómicas o generales, la necesidad de que los diferentes grupos políticos abran vías de diálogo y alcancen acuerdos, por antagónicos que pudieran ser o parecer sus idearios y sus posiciones éticas y estéticas. Por encima de los intereses partidistas deberían prevalecer objetivos comunes como la defensa irrenunciable de la sanidad y la educación públicas, el aumento y blindaje de las pensiones oportunamente reivindicadas durante estos días o las políticas eficaces de empleo e igualdad. Resultaría complicado de entender, pero sobre todo de explicar, que en torno a estos grandes asuntos, los que de verdad tienen un impacto sobre la vida de la ciudadanía más allá de los debates estériles que suelen marcar plenos locales y sesiones parlamentarias, no hubiera consenso.

Queda poco más de un año para las elecciones municipales, probablemente los comicios que se viven con mayor intensidad, y no parece que vaya a regresar el rodillo de las mayorías absolutas perdidas en 2015. El nuevo escenario exige un ejercicio de responsabilidad política que dejará fuera a quienes sigan confundiendo la gestión pública con un cortijo. A esos nostálgicos no les queda más remedio que reciclarse si quieren evitar la humillación que supondrá quedarse solos, clamando en el desierto por un pasado que no volverá.

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