Banderas con pollo

Es una desgracia que exhibir simbología franquista sea legal en España

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Me resulta muy difícil evitar que se me forme en el estómago un nudo durante estos días cada vez que paso por el barrio de La Malagueta donde, muy cerca del monumento a Cánovas del Castillo, alguien ha decidido colgar en su balcón una enorme bandera española con un pajarraco que no puedes dejar de mirar. Todo aquel que abandone la zona Este circulando o paseando para ir al centro o algún punto de la ciudad lo habrá visto, y probablemente habrá más banderas de este tipo repartidas por nuestra ciudad. Algunos se habrán quedado petrificados al verlas, como yo. Y supongo que a otros también les harán gracia.

No sirve aquí que los historiadores más pasados de tuerca nos recuerden que el águila de San Juan, que así se llama el pajarito, estaba ya en el escudo de los Reyes Católicos. La desgracia es que exhibir simbología franquista, nazi o fascista es totalmente legal en España porque no hay ninguna ley que lo prohíba de forma expresa. El Partido Popular, cómo no, se ha negado en varias ocasiones a aceptar una normativa de este tipo bajo el pretexto de la libertad (no piensan igual con la Ley Mordaza) y esto provoca que deba ser asumible por nuestra democracia cualquier tipo de 'performance' falangista como la que tuvo lugar hace poco en Nerja, ante la complicidad del exministro Gallardón.

Por salud democrática España debería tener una ley como la de otros países como Alemania, donde aquel desgraciado que considere oportuno exhibir en público una esvástica puede ser detenido, dormir esa noche en el calabozo y enfrentarse a tres años de prisión. Entre los símbolos prohibidos, por cierto, también se recoge la cruz gamada tachada porque en Alemania, de manera inteligente, las leyes defienden que posicionarse de manera explícita contra algo que debería desaparecer estimula su supervivencia.

De la bandera española, de la oficial, ya hace tiempo que estamos empezando a perderle ese sentimiento de repulsión que le suscitaba antes a todos los demócratas. Con las victorias de la selección española de fútbol se decía que «La Roja había devuelto la bandera a los rojos». En Inglaterra la gente saca su bandera de la Union Jack cada vez que estornuda algún miembro de la realeza británica, claro que ellos no tienen medio siglo XX tan bochornoso como el nuestro. Ahora con la tristeza generalizada que ha provocado el recién llegado catalanismo la gente ha decidido poner banderas en el balcón, y parece estimulante que todo esto pueda traer algún mínimo sentimiento de cohesión, sin olvidar que los argumentos en contra de la independencia de Cataluña no tienen nada que ver con el odio, sino todo lo contrario. Por eso resulta lamentable que haya melancólicos que lo utilicen para hacer propaganda de un régimen criminal. La exhibición de banderas franquistas da la razón a los paranoicos que asimilan la democracia española con el franquismo. Deberían estar prohibidas.

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