BANDERAS

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

He estado unos días en Barcelona mirando las fachadas de los edificios. No es que haya ido a eso precisamente pero hay algunas tan hermosas, tan trabajadas, tan elegantes, que es un auténtico placer el contemplarlas. Por esa costumbre que he adquirido observaba, en viaje de hace unos meses, muchísimas enseñas de eso que llaman «estelada». Es, como se sabe, una superposición de un triángulo azul que encierra una estrella sobre las cuatro barras catalanas, la «senyera». Tiene una historia preciosa, ésta, no la «estelada». Dicen que fue un rey, a lo mejor, Jaume I El Conqueridor que, herido de muerte en el sitio de Valencia, introdujo su mano en la herida del pecho de donde brotaba abundante sangre y rasguñando la arena donde yacía, dibujó cuatro líneas rojas, una por cada dedo, sobre el fondo amarillo y conminó a su gente que ése sería su emblema. Hasta donde entiendo, es el símbolo heráldico más antiguo todavía en uso. Y, convenientemente adaptado, Carlos III lo transformó en la bandera nacional, pero muchísimo tiempo después. La «estelada» -o estrellada, en castellano, que se llama así por la estrella que campea junto al asta, no porque tenga nada que ver con estrellarse- es muy posterior aunque tiene más de cien años, me da la idea. Poca gente conoce su historia y su significado, según he podido comprobar al sacar el tema, salvo que es un símbolo caro para los independentistas como lo era antes para los simplemente catalanistas. La diseñó un señor Ballester, a principios del siglo pasado, inspirado en las banderas de Puerto Rico y Cuba, estado y país recién independizados entonces -es un decir- de la madre patria, aunque después vasallos de otras potencias. En aquellas épocas, no eran esas enseñas simpáticas en España que aún no se recuperaba del desastre del 98. Por eso, la bandera no nace a favor sino en contra. Hay una variedad más radical: la vermella -roja- creo que se llama pues es de ese color la estrella, en lugar de blanca como la tradicional- y el fondo es amarillo y no azul. Esta parece que satisface a los más extremistas en sus planteamientos.

Bueno, pues, hace algunos meses, se veían muchas «esteladas» colgadas de los balcones y terrazas, con la punta del triángulo mirando hacia abajo, no sé por qué. Ahora se aprecian muchísimas menos, de verdad. Y las que aún penden están en un estado bien calamitoso. Arrugadas, desteñidas, a medio descolgar. Me pregunto si tiene esta decadencia del símbolo, que es objetiva y está al alcance de cualquiera que se pasee por la ciudad condal, algo que ver con el natural cansancio que provoca un proceso que parece no tener fin y que amenaza con una enorme complicación ya sea que desemboque en un sentido o en otro. Mientras seguimos empeñados, unos en el respeto a la Constitución y a la legalidad y otros en sus posiciones inevitablemente rupturistas estamos condenados a no entendernos. Como en Cuba, como en Puerto Rico y como en tantos y tantos otros territorios que un día formaron una unidad donde no se ponía el sol. Se fueron desgajando porque en un momento adoptaron posiciones de incomunicación.

Recientemente, un Juzgado de lo Contencioso Administrativo ha avalado el uso de «esteladas» en la final de una copa- creo que nada menos que la del Rey que había sido prohibida por la autoridad. El juez estima que se trataba de una «manifestación de la libertad ideológica y del derecho a difundir libremente los pensamientos». Para todos los gustos.

A mí me encantan las banderas. Tengo hasta una propia. Y Sebastián despliega otra en su casa. Los vecinos creen que es una embajada. Pero nada me ha emocionado más que ver una, enorme, nueva, brillante, de colores más que apropiados, flameando en el puerto de Santander. Como la de la Plaza Colón, más grande todavía o la de un punto neurálgico en Alicante. ¡Qué bonito es ver la rojigualda al viento y no sólo en los partidos envolviendo a los forofos o en llamas por obra de algunos desalmados. Poca cultura lucimos en esta materia. Nuestros vecinos matan -es un decir- por su tricolor.

He tratado de adquirir la marbellera para enarbolarla en junio y octubre pero no he tenido suerte.

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