LA BANDERA DE ANDALUCÍA

Maíllo (IU) y Moreno (PP), en el Parlamento días pasados. /EFE
Maíllo (IU) y Moreno (PP), en el Parlamento días pasados. / EFE

Maria Dolores Tortosa
MARIA DOLORES TORTOSA

Para la mayoría de andaluces el 28F no es más que un día de fiesta de tortilla y paella, lo cual durante años se consideró un síntoma adecuado de normalidad de algo que con la llegada de la democracia supuso un acontecimiento histórico de enorme calado. Solo la perspectiva del tiempo y el análisis que en el futuro hagan los estudiosos podrá compararse la dimensión histórica del nacimiento y constitución de la autonomía política andaluza con otros hechos relevantes que ocurrieron en este territorio en el pasado, como que desde Córdoba, por ejemplo, se gobernara media España con el califato de los omeyas en los siglos X y XI. Andalucía ha estado casi siempre identificada como unidad geográfica de alguna manera por el farallón de Despeñaperros y el mar Mediterráneo, pese a sus muchas ligazones con el norte de África, las dos Castilla, el Algarve portugués, Extremadura y Murcia. Pero no fue hasta su constitución como autonomía entre 1980 y 1981, con el referéndum y la aprobación de su primer Estatuto, cuando se convierte por primera vez en sujeto político con la extensión de las ocho provincias.

Esto es lo que cada 28 de febrero se conmemora en Andalucía. Solo que cuando este miércoles próximo los residentes en sus grandes, medianas y pequeñas ciudades salgan a las calles, si el sol acompaña, a darse un paseo o ir a almorzar a algún bar como un día festivo cualquiera, seguirán viendo colgadas de los balcones muchas banderas españolas como en los últimos meses, y casi seguro que pocas andaluzas. Esa exhibición de enseñas del Estado merece una reflexión, porque no celebran el triunfo de la selección nacional de cualquier deporte, sino un sentimiento, el del orgullo de ser español. ¿Y del orgullo de ser andaluz, qué ha pasado?

En toda la democracia, y aún en los tiempos de mayor efervescencia andalucista, las encuestas revelaban, con más o menos énfasis, que la mayoría de personas decían sentirse tan andaluces como españoles. Solo un porcentaje mínimo primaba lo uno sobre lo otro.

Si los símbolos se desinflan, el concepto de autonomía con fortaleza, también

Este porcentaje fue volcándose hacia el españolismo en los años primeros de la crisis. Algunos analistas lo interpretaron como consecuencia de esta y otros por el auge de la derecha en las votaciones electorales. Si bien, el que el PP ganara las elecciones autonómicas en 2012 (aunque no gobernara por seguir siendo mayoría absoluta PSOE-IU) se debió a que supo atrapar a muchos de los votantes del Partido Andalucista, roto y casi desaparecido tras salir del Parlamento en 2008. Durante tres décadas el PSA-PA enarboló como seña de identidad el nacionalismo andaluz por antonomasia, el que hizo que la blanca y verde fuera, sobre todo, un sentimiento y una reivindicación de estamos aquí.

El PSOE, de raíz centralista, supo mimetizar como ningún otro partido ese espíritu del PA para enarbolar, complacer y rentabilizar el orgullo andaluz (la A-92, la Expo, el primer AVE..., Andalucía en el mundo) y de ahí sus triunfos electorales. Pero también el PP, más centralista aún, incubó esa estrategia y sus mítines se llenaron hasta hoy de banderas andaluzas.

Es sabido que la profusión de colgaduras de la bandera de España en los balcones andaluces y de otras regiones obedece a la reacción del intento de los nacionalistas de Cataluña de independizar este territorio por las bravas. Pero mientras en Cataluña se ve a los constitucionalistas -a los que defienden como la mayoría de andaluces la unidad de España- con una bandera nacional en la mano y la catalana en la otra, en los balcones de nuestras ciudades la blanca y verde ha desaparecido. Cuento una anécdota: Es costumbre de los albañiles colocar una bandera en el tejado de un edificio cuando terminan su obra. Durante años casi siempre se veían banderas españolas y andaluzas entrelazadas. Hace días paseaba por Sevilla y observé una banderita española solitaria en una casa que fue propiedad municipal y está siendo rehabilitada.

¿Hay que preocuparse por esta anécdota? Quienes de verdad crean que el estado de las autonomías, la descentralización en definitiva, sí ha traído prosperidad y ha mejorado la vida de los andaluces, deberían hacerlo. Las banderas no son más que símbolos, pero con un poder emocional que pueden arrastrar muchas otras cosas. Si los símbolos se desinflan, el concepto de autonomía con fortaleza, también.

Los avatares del mundo no son aislados, nada ocurre sin efectos secundarios. La entrada de partidos nuevos ha convulsionado el mapa político, pero también lo ha enriquecido. Hay más visiones y también más posibilidad de alianzas. A los diputados andaluces no se les pide que salven el mundo de guerras, catástrofes naturales o de Trump, pero sí que esas alianzas no se conviertan en trincheras que lleven a Andalucía al pasado de la gran desigualdad.

Uno de esos partidos nuevos, Ciudadanos, ha contribuido en Andalucía a su estabilidad política. La irrupción de Podemos, por su parte, ha implicado un gran aldabonazo a los viejos, incluido IU, para recuperar de nuevo el origen del ideal andaluz de Blas Infante: pan, trabajo y libertad. Digamos hoy casa, trabajo y solidaridad. Ahora bien, muchas veces lo que defienden todos los partidos andaluces nada tiene que ver con lo que sus propias siglas traman en Madrid a escala nacional, en las que la tentación recentralizadora o la de la España de dos velocidades no escapa a casi ninguno.

En Andalucía hay en marcha una operación para frenar esa vuelta al pasado con un acuerdo sobre financiación. Por ahora se han sumado PSOE, Podemos e IU. Cierto que con una estrategia evidente de aislar al bloque conservador, pero este no puede quedarse atrás. No en el año que se conmemora el 40 aniversario del Pacto de Antequera. Qué mejor homenaje. Y eso no es misión solo del PP y Cs, sino también de los demás.

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