Balones fuera

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

No resulta muy raro que un grupo de adolescentes escale por las tardes la reja de un colegio público, quizás el suyo, en cualquier barrio apenas unos segundos después de lanzar dentro el balón, ese candidato a volver a la calle y a que el autor de un patadón vaya a buscarlo en modo gacela. El salto de la verja, con su riesgo correspondiente, se repetirá con cuidado de que no haya policía a la vista. El hurto de horas extraescolares para jugar al fútbol clandestino no está tipificado, pero sí una bronca y tal vez una sanción. Aunque merezca más disculpas que reproches, esta transgresión adolescente que nace de la testosterona, la necesidad y el desafío -dónde va a parar jugar en territorio prohibido a hacerlo con conserje- esconde sobre todo una pobre gestión del espacio público más abundante que existe en nuestras ciudades. Los colegios son lugares especiales por muchas razones, y también en Andalucía por esa rareza de que los construye la Junta pero son los ayuntamientos los que pagan el mantenimiento y los conserjes. Sólo en la capital hay una factura anual de 19 millones para el centenar de centros de esos cinco mil que hay en Andalucía, todo un patrimonio de posibilidades inmensas vetado al disfrute per cápita a partir de las tres de la tarde en la mayoría de los casos. La puerta chapada de un colegio por la tarde es un paisaje asumido con pasmosa normalidad, algo que respecto a un parque o a una piscina pública resultaría un inaceptable despilfarro. Es curioso que el amago de horario europeo en los colegios y que obliga a la mayoría de padres con jornada partida a hacer malabares con los abuelos y la doble fila para la recogida de los pequeños no sea totalmente europeo. Habría más actividades y familias menos estresadas. Los políticos, a los que votamos precisamente en tantos colegios abiertos todo el día electoral, y las asociaciones de vecinos suelen reclamar más espacios culturales y deportivos, pero rara vez presionan para una alternativa más barata y al alcance de la mano, y de la propia casa, como ampliar el horario, personal y vigilancia de aulas y patios para poder hacer actividades, no sólo deportivas, más allá del fin de las clases. Claro que para plantear esa arcadia docente y vecinal Málaga tiene que resolver primero el insólito problema de las denuncias por ruido excesivo a instancias de vecinos del entorno. Somos una anomalía nacional porque no constan casos similares, al menos en Andalucía, que hayan llevado al motorista de la Policía Local hasta la puerta de dos colegios para multarlos con 12.000 euros. Un colegio hace ruido y la mochila de decibelios empieza a abultar si además tiene buenas zonas deportivas con un uso intensivo. El Ayuntamiento mete ahora un ruido innecesario y excesivo con sus multas, y ya no podrá pasar la pelota a los clubes deportivos que entrenan. La Junta se enfada con razón y aleja un acuerdo bajo esa premisa mientras en la mayoría de los cien colegios de la ciudad se seguirá oyendo hasta el vuelo de una mosca por mucho tiempo. El reparto más equitativo de vida extraescolar y de decibelios por las tardes sería una buena medida de insonorización.

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