Voltaje

El balance calórico del Caminito

Lo que impactó en nuestra visita al Caminito no fueron las alturas, sino lo emperifollada que iba la gente

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Esta semana el Caminito del Rey ha cumplido tres años. No el Caminito en sí, que tiene más años que una palmera, sino esta premiadísima rehabilitación que ha transformado el sendero más peligroso del mundo en un comercial paseo sobre las alturas. Recordamos claramente cuando se reinauguró: en aquella época, todo era el caminito. Y no era para menos, nadie lo duda. Para aprovechar el cumpleaños de tres años de enclave y darle más bombo y platillo al acontecimiento y a todo él se han desvelado unas cifras que resultan harto hermosas: un millón de visitantes, 100 millones de impacto económico, 400 puestos de trabajo. No es por dudar de la palabra escrita, pero estas cifras son tan redondas que parece mentira que los números se hayan puesto de nuestra parte para poder celebrar este trienio con todo el viento a favor y con la calculadora en mano.

No hace falta ser un sabio de los números para intuir que el Caminito del Rey ha podido ser de lo mejor que le ha pasado a la provincia en los últimos años. Ha sido estupendo para todos y también para los negocios de la zona; los bares y los quioscos de lugares señeros como Álora o Ardales se han visto catapultados por un impacto que va a dar mucho de sí todo el tiempo, porque aquí el impacto siempre rebota como el eco. En los proyectos del futuro inmediato del Caminito son todos alegrías que comenzarán con la inminente inauguración de un centro de recepción de visitantes (a los malagueños nos encanta recibir) que están haciendo con madera y que tiene una pinta tan 'cool' que quién sabe si dentro de poco abrirán por allí un Starbucks, poniéndonos todos como si estuviésemos visitando el Gran Cañón del Colorado.

Si hay algo que nos impactó en nuestra primera visita al Caminito del Rey no fueron las alturas, sino lo emperifollada que iba la gente, preparada incluso con accesorios suficientes como para escalar el Himalaya o localizar nuevos mundos en el Amazonas. Los más antiguos iban de Coronel Tapioca, y las modernas de Decathlón con todo recién estrenado, algunas con la etiqueta todavía colgando en prendas que quizá sigan a día de hoy en el armario con un solo uso. Lo que también permanece intacto de todo aquello es la ceremonia del casco del Caminito y la malla antipiojos, que es lo primero que te pasa una vez que descubres, bien temprano por la mañana, que no han cerrado el acceso por viento. Cuando terminas el trayecto no te parece para tanto. No da miedo pero es impresionante. Tampoco es agotador, pero conlleva su ejercicio. Terminas de hacerlo y te sientes más sano. Aprovechas el viaje y vas a recuperar fuerzas a la fonda de Carratraca, donde te pones tibio y bajas las cuestas rodando como una roca lisa. Al final lo que da vértigo de aquel día no fueron las alturas, sino el balance calórico del Caminito del Rey. No se lo pierdan.

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