LA AUSENCIA

Antonio Garrido
ANTONIO GARRIDO

El lenguaje es un sistema codificado, un acuerdo social. El ser humano ha sido capaz de especializar una estructura articulatoria para comunicarse pero no solo por medio de la palabra, siendo esta el principal soporte, sino por gestos, por símbolos y, por supuesto, por silencios y ausencias. Se dice y es cierto que un silencio vale más que mil palabras; sobre todo si va acompañado de una mirada intensa. Recuerdo el silencio y la mirada de Bette Davis en una escena de 'La loba'. Es difícil superarla, imposible.

Con independencia de la ideología de cada uno, concepto cada vez más débil, por el ascenso de los populismos que tantas tragedias han traído a la vieja Europa, con independencia de la división entre monárquicos y republicanos, una sencilla lectura de la historia reciente de España; nada, una cosa al nivel de nuestro sistema educativo, deja claro, muy claro, que Juan Carlos I tuvo una importancia fundamental en la transición del franquismo al sistema actual, a la democracia.

Bien es cierto que en esta ola de revisionismo histórico, burda pero eficaz por la ignorancia generalizada y por las efectistas puestas en escena, desarrollada por los partidos más radicales de la izquierda y por la deriva del que fuera un partido fundamental en la estructura de la nación; este revisionismo reescribe la historia hasta llegar a la caricatura pero con un objetivo preciso: deslegitimar el sistema, hacerlo saltar por los aires para sustituirlo por una idílica dictadura.

En ese proceso la Casa del Rey le ha echado una mano a los destructores del sistema, sin quererlo claro está. No entraré en la impopularidad del monarca en su última etapa de reinado, no es el caso pero que la Casa del Rey le impidiera asistir al acto solemne en el que se conmemora la fecha de las primeras elecciones de libre concurrencia de los partidos, cuatro décadas hace de la efeméride, ha sido un error garrafal de comunicación.

Con independencia de las relaciones personales entre padre e hijo, con independencia de otros factores, esta ausencia, este ocultamiento de la persona, no tiene justificación. Es sabido que la política de comunicación de Felipe VI tiene uno de sus principios básicos en hacer borrón y cuenta nueva con el pasado. ¡Qué manía tenemos en España en empezar de cero! Pero una cosa es un planteamiento general y otra muy diferente negar la historia. Lo peculiar del caso es que se le nombró en el hemiciclo por parte del rey y de la presidente de la cámara, se le agradeció su trabajo, su papel, pero Juan Carlos I tuvo que verlo en televisión.

¿Cuántos franceses colaboraron con los alemanes? ¡Ninguno! Todos estaban en la resistencia con su boina bien calada. ¿Cuántos británicos han hecho desmanes en su imperio? ¡Ninguno! Eran unos angelitos. Pues aquí, en las tierras hispanas no hay manera. Todo es sacarnos los ojos, acuchillarnos, revisar y revisar el pasado hasta la extenuación, con odio y morbosa necrofilia, y para una vez que las cosas salen bien, se evita a quien tuvo una actuación, en este caso, impecable. No soy precisamente monárquico pero este agujero negro en la comunicación me confirma esa tendencia a la improvisación, a aceptar a los falsos genios, muy pagados de sí mismos, que presumen de saber todo sobre comunicación.

Una cuestión de procedimiento. Debería establecerse como norma, al igual que lo es en Gran Bretaña, que la Casa del Rey tiene que ponerse de acuerdo con el gobierno; mejor dicho, atender las indicaciones del gobierno de turno, para cuestiones protocolarias, para declaraciones, viajes y todas las actividades del Jefe del Estado. Parece que el gobierno nada sabía y no es una cuestión baladí ni mucho menos. ¿Lo sabía el rey Felipe? Pregunta sin respuesta por ahora.

¿Cuántas veces se mandan mensajes de los que el emisor se arrepiente? Parece que esas embarazosas situaciones han llegado a su fin. Se podrán borrar antes de que el receptor estalle en ira. Leemos que los Whats App, sin adaptar. Insisto en la dejadez y la falta de profesionalidad de muchos que prefieren el camino fácil. En español la 'w' se /gu/ y se pude mantener en la grafía. La pronunciación es 'guasap' y el verbo 'guasapear'. ¿Verdad que no es complicado? Lo que también es cierto es que esa 'p' final peligra. El español no es dado a las consonantes finales y lo normal es que en la pronunciación se relaje hasta desaparecer; de hecho, se escucha la palabra como aguda: 'Mándale un guasá'.

'Learnability' es un compuesto para referirse a la capacidad de aprendizaje en el tiempo, el aprendizaje permanente, que se corresponde con la evolución del mercado de trabajo. Hay que estar en perpetua formación, ya no vale eso de un opuesto para toda la vida y haciendo lo mismo. Va unido a la movilidad laboral. Se ha adaptado como 'aprendibilidad'. No me termina de convencer. Aunque sean dos palabras es más exacto decir aprendizaje continuo o permanente.

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