La tribuna

El aula como utopía

El aula como utopía

En esta nave de pocos metros cuadrados que es el aula ha de encajar, de tanto en tanto, un nuevo lenguaje que desde el boletín oficial aterriza en las programaciones

JOSÉ FRANCISCO JIMÉNEZ TRUJILLOPROFESOR DE HISTORIA

El enésimo intento de pacto educativo ha saltado por los aires. Puede que haya sorprendido a muchos, especialmente después de que se constituyese una Subcomisión para el Pacto de Estado Político y Social por la Educación que llevaba trabajando quince meses y ante la que han comparecido más de ochenta expertos. Mucho título, mucho tiempo y mucho experto para un fracaso más en la búsqueda de una estabilidad necesaria para el sistema educativo de este país. Probablemente nunca hubo intención de alcanzarla, siendo fiel al ir y venir de leyes educativas durante los años de la democracia. Aunque, en realidad, se trata de una constante de la historia contemporánea española.

La búsqueda de un lugar que no existe -definición etimológica de utopía- se dibuja tras la propuesta ideológica de diferentes sectores enfrentados por su pasado antes que por un proyecto de futuro. La escuela laica de izquierdas, que deriva en buena medida del aura de aquella República pedagógica y turbulenta; un liberalismo conservador que descubrió muy tarde la libertad de enseñanza y lleva la asignatura de religión como una bandera; y un nacionalismo que no esconde sus raíces forales han luchado por configurar el aula como un escenario ideal en su camino hacia un horizonte utópico. Mientras, en los países más punteros ya se dieron por superados estos temas y piensan prioritariamente en los nuevos retos de la educación del siglo XXI.

Más allá de estas ideologías hay otras utopías interesadamente compartidas. Con una de ellas el aula ha devenido en un espacio infinito. Los cambios sociales, en particular la organización del mercado laboral y los nuevos modelos de familia sin tiempo para la educación primera, nos han puesto de acuerdo en delegar en el centro escolar todas las tareas que aquella conlleva. Junto a la formación que aportan las materias tradicionales y optativas, la escuela o el instituto son ahora centros bilingües y asumen como asignatura el estudio de los cambios sociales; incorporan las Tecnologías de la Información y Comunicación, y ya se evidencia la necesidad de una educación financiera; resultan lugar idóneo para la educación sexual y la adquisición de hábitos saludables en los que no vienen mal algunas clases de cocina; pueden incorporar un aula matinal en la que se comparte el desayuno, aunque no haya salido el sol, y también instalaciones deportivas donde hacer tiempo en el horario vespertino. Siempre quedarán algunos huecos para algún taller avanzado, y el recreo puede ser un buen momento para jugar al ajedrez o aprovechar el patio entero con una liga de fútbol, un deporte falto de promoción. Y siempre queda «el día de...», que suelen ser muchos días.

El aula, así entendida, aspira a la utopía de un saber completo y se corresponde con el perfil de un alumnado que también se concibe, o programa, de manera ideal tras la previsible adquisición de todos los valores. Es en el aula donde va a desarrollar su espíritu crítico y creativo. Las actividades programadas y su evaluación han de fortalecer su autoestima y, al mismo tiempo, su capacidad para demostrar la empatía. El trabajo, que necesariamente ha de ser cooperativo, va a favorecer un espíritu de participación y no competitivo; todo lo cual no ha de contradecir el desarrollo de un perfil de liderazgo. Siempre será mejor la autodisciplina que la impuesta y, últimamente, se habla de la resiliencia, el camino inverso de cualquier sentimiento de frustración, que se entiende ajeno al aprendizaje. La vida misma.

En esta nave de pocos metros cuadrados que es el aula ha de encajar, de tanto en tanto, un nuevo lenguaje que desde el boletín oficial aterriza en las programaciones. La utopía se encarna ahora en forma de competencias, claves o básicas, sobre las que giran listas interminables de estándares de aprendizaje, indicadores de calidad educativa con diferentes niveles de logro y rúbricas o escalas de evaluación. Con todo ello y en la cadena que van fraguando los documentos del equipo directivo, el Equipo Técnico de Coordinación Pedagógica, las coordinaciones de ciclo y del bilingüismo, los equipos educativos y el DACE, el maestro construye un voluminoso archivo. No con poca ansiedad, observa que su tarea suma un componente burocrático que le distancia de sus propios sueños pedagógicos.

Y, sin embargo, no es difícil apostar a que en la historia personal de cada maestro nunca se ha vivido mejor la docencia que cuando ha sido más ajeno a la utopía impuesta. De la manera más sencilla. Pudo ser cuando algún alumno representó al faraón que vestía corona de papel para descubrir la Historia; o en las ocasiones en que jugando con las palabras ha querido construir un texto libre en que las faltas de ortografía no fueran amenazas; quizás cuando el cálculo matemático se hace real y cada alumno trae las medidas de su propia casa; o cuando quisieron pensar un día -como sólo los niños piensan- qué pasó con el abuelo ausente; tal vez haya sido con el plano que confeccionaron del barrio para localizar los organismos públicos; o en aquella impertinente entrevista en inglés a un vecino extranjero. La programación de esas actividades es propia y no necesita de consultar los cuadros infinitos de la editorial del libro de texto o el apartado enésimo del diseño curricular de la nueva ley orgánica. Las calificaciones lo son con criterio propio, más cualitativas que cuantitativas, y no generan escrúpulos de conciencia. Es probablemente en esos momentos en los que el maestro no alcanza a ver el aula como utopía, pero se siente en la gloria.

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