Cuando Asturias fue soberana

DIEGO CARCEDO

Cataluña no es la única región española que de vez en cuando siente tentaciones independentistas. El famoso y esperpéntico Cantón de Cartagena es otro ejemplo que ha hecho historia. Sin embargo, quizás el ejemplo menos conocido, pero el que mantuvo su estatus soberano más tiempo es el de Asturias, cuando sus autoridades revolucionarias proclamaron el Consejo Soberano de Asturias y León y durante 461 días ejercieron su autoridad en la práctica como si se tratase de un pequeño Estado. Bien es verdad que todo ocurrió durante Guerra Civil y la ruptura al menos teórica con la República no se llegó a materializar.

Las razones esgrimidas por los revolucionarios, presididos por Belarmino Tomás, para asumir todos los poderes, incluidos los militares que serían el principal motivo de discordia, fue la imposibilidad de comunicarse desde la isla republicana en que se hallaba convertido el Principado, dividido y en su mayor parte rodeado por los franquistas, con el Gobierno del Estado instalado en Valencia. Inicialmente el Consejo se denominó Interprovincial, cuya jurisdicción abarcaba las cuencas mineras, la mayor parte de las comarcas asturianas y los municipios limítrofes del norte de León. La capital tuvo su sede en Gijón.

Ante la creciente presión de las tropas nacionalistas y los oídos sordos de las autoridades de Valencia a las demandas de mayor contribución armada a la resistencia, el 24 de agosto de 1937, el Consejo cambio la palabra Interprovincial de su nombre por la de Soberano y como tal pasó a actuar. El Gobierno de la República montó en cólera. Manuel Azaña convocó a Belarmino Tomás a Valencia pero el presidente asturiano se negó a acudir.

Durante el tiempo que el Consejo ejerció el poder los historiadores reconocen que actuó con seriedad, honradez y relativa eficacia en la gestión de los intereses de los ciudadanos. Entre sus actuaciones más importantes destacan la emisión de moneda -unos billetes conocidos popularmente como 'belarminos'- y de sellos de correos. Promulgó 52 edictos, muchos sobre cuestiones económicas o seguridad ciudadana, y vio 51 causas políticas, saldadas con 17 penas de muerte de las cuales se ejecutaron tres. Algunos consejeros iniciaron tibios contactos internacionales, alguno con la Sociedad de Naciones, que resultaron irrelevantes en la práctica.

El Consejo colapsó el 20 de octubre de 1937. La ciudad ya estaba cercada por las tropas franquistas. Después de una angustiosa reunión sus miembros levantaron acta y abandonaron la ciudad en una dura travesía hasta las costas francesas en barcos de pesca. Más tarde a través de los Pirineos se incorporarían al frente republicano catalán. Al final de la contienda se dispersaron por diferentes países. Belarmino Tomás se instaló en México donde se ganó la vida vendiendo alpargatas. Su yerno y exconsejero de Hacienda, Rafael Fernández, se convertiría con los años en el primer presidente autonómico del Principado.

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