El ascensor social

SIN IR MÁS LEJOS

Ciertas cosas para hacer compatible un piso con la vida son aún fruslerías sin voltaje jurídico

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Esperanza Suárez, una sevillana de 60 años, pisó esta semana la calle después de 13 años, a duras penas con su andador y la ayuda de los vecinos que la aupaban en su euforia. Su obesidad mórbida la tenía confinada en su vivienda hasta que un ascensor ha llegado al viejo edificio. Se ve que puede ser más fácil entrar al quirófano para colocarse un balón gástrico que disponer de ascensor y poder acudir al hospital. Fue un día feliz también para esos vecinos enjutos del bloque con sobrepeso de años y achaques y a los que la felicidad les llega en forma de penúltima caja que les transporta a una mejor vida. Los cuarenta y cinco grados tienen en general más tirón informativo en Andalucía que un edificio de cuatro plantas que sale después de muchos años del sótano del Estado del Bienestar. El acontecimiento en plena ola de calor en el Guadalquivir fue noticia, pero menos que los cansinos consejos para sobrevivir en verano con imágenes y testimonios que solo elevan varios grados la agenda informativa sin pulso. Los oyen como el que oye llover esos ancianos que saben por sus abuelas que lo suyo, además del abanico, sería tener aire acondicionado o, por lo menos, un maldito ascensor para poder bajar a comentar la noche tropical o subir la bolsa del súper. No tener ascensor todo el año o aire acondicionado estos días en Montoro atenta contra los derechos fundamentales, pero ciertas cosas para hacer compatible con la vida un piso son aún fruslerías sin voltaje jurídico para incluirlas en la Constitución y en los estatutos autonómicos. Otra laguna sin remedio es si se podrá pagar la factura de la luz de una cosa y otra, una forma de pobreza energética que deja helado en agosto. Cuando la política desciende al suelo más doméstico o ayuda a pisar la calle es difícil no ver ciertas medidas de andar por casa casi como una cuestión de Estado. Hace casi dos años, el grupo municipal del PSOE en Málaga, en tiempos de María Gámez, dio su apoyo al Polo Digital en Tabacalera a cambio de un plan de dos millones de euros para dotar de ascensores a viviendas. A algunos les extrañaba la propuesta, que de entrada hacia visibles mas de 12.000 bloques en la capital construidos en el siglo XX sin uno de los inventos clave del siglo para el día a día. La ciudad se digitaliza aceleradamente pero cojea ante tanta escalera insalvable para ancianos, enfermos y discapacitados. Otra forma de dependencia silenciosa ante la que Junta y Ayuntamiento, como en tantas otras cuestiones, tampoco van de la mano en su goteo de ayudas. La esperanza de vida aumenta, pero dudo si es la misma cuando la única ventana al mundo a cierta edad es la tele de la salita. Hay miles de vecinos condenados a un mando a distancia y también a esa pensión que apenas subirá tres euros al mes en los próximos años. Ahorrar para el ascensor será otra forma de heroísmo, tan extremo como intentar medir fuerzas con algunas escaleras indignas.

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