El artículo de Lorenzo Silva: A 25 del 92

LORENZO SILVA

Hace 25 años, una Barcelona con toda España detrás emergía como la ciudad pujante y global que hoy es. El pretexto fueron unos Juegos Olímpicos, que en sí mismos no son más importantes que otras cosas ni tienen por qué ser buenos para quien los organiza (échese un vistazo a Grecia). Lo que bajo ese argumento se movilizó fue lo que realmente cobró importancia, y demostró que al margen de nuestras numerosas y acreditadas disfunciones, históricas, políticas, sociales y de otra índole, los españoles atesoramos la capacidad de dejar admirados a los que nos contemplan, casi siempre, con un deje de displicencia.

Los españoles, sí. No sólo los barceloneses, ni los catalanes, aunque el recipiente del asunto fuera esa ciudad que con su área metropolitana es por sí más de la mitad de Cataluña, y no precisamente esa mitad que ansía la independencia. Al revés, Barcelona, la ciudad, al igual que Barcelona, la olimpiada, es la prueba manifiesta y más sólida de la interdependencia con el resto de España que ha hecho de Cataluña lo que es, y de la que ha de venir una parte sustancial de lo que será.

Barcelona, la olimpiada, es también una de las pruebas más acabadas de la falsía extrema del discurso independentista que acusa a España de tener abandonada y postergada a Cataluña. Ninguna ciudad española, ni siquiera la denostada capital, ni la competidora en fastos de aquel 92, la Sevilla natal de quien entonces presidía el Gobierno, ha recibido semejante ración de mimo y, lo que es más relevante, de sudor con denominación de origen español.

Que a Barcelona, esto es, a Cataluña, se la quiere y admira, en lugar de despreciarla y ningunearla (como pretende el independentismo rampante, extendiendo a todo lo catalán la antipatía que con sus desplantes y desdenes se esfuerza en inspirar al resto de los españoles, en algún caso con lamentable éxito), es algo que viene a demostrar la cumbre de la cultura española de todos los tiempos, el Quijote, que elige y no por casualidad la Ciudad Condal como estación última de las andanzas del héroe. Reléanse las páginas encendidas y arrobadas que Cervantes le dedica a Barcelona, escenario estelar de la derrota más épica de su caballero, ese último revés sobre la arena dorada de la playa entre el Besós y el Llobregat que sirve para redondear su historia, devolverle a la realidad desagradecida y legar su ejemplo luminoso a todos los que viven y sienten en español, incluidos casi todos los catalanes (salvo aquellos a quienes se ha inspirado el repudio artificial por esa lengua natural de Cataluña).

A tan bellas premisas, con tan hondos cimientos, no puede imponerse la fealdad de un proyecto segregador, sectario, negacionista y superficial. Barcelona merece seguir siendo, como lo fue en el 92, capital del país que la hizo.

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