Artículo digital

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

NO quiero aportar ideas a mis jefes. No soportaría que me trasladasen a la edición digital del periódico. Entonces no me leería. Si bien me precio de ser un usuario al menos corriente del mundo informático y no pongo reparos a los libros que mi santa me baja -previo pago sí, bien modesto normalmente- me cuesta consultar los diarios en el ordenador. No me dan esa sensación de verosimilitud que ofrece la prensa escrita. Es cierto que ésta da las noticias de ayer. No en balde el mexicano del viejo chiste que después de interrogar a su última víctima -a las primeras contestaba &ldquote llamabas&rdquo cuando éstas se identificaban con su nombre- se consolaba con un &ldquono importa, mañana lo leeré en los periódicos&rdquo. Y es cierto que en esta vorágine de comunicación que vivimos esperar veinticuatro horas para conocer detalles es una eternidad. Para eso están las radios, al alcance de los automovilistas, y la televisión, sirviendo a todos los demás. Aunque hasta que la cosa no se confirma en papel no nos quedamos tranquilos. Por lo menos, los esclavos de la celulosa.

Es que digital es un adjetivo -también es sustantivo pero alude a una planta escrofularia que no he visto en mi vida- que tiene varios significados y si bien pensamos automáticamente en lo que se publica en internet o en formato electrónico o en los números dígitos y más todavía en el sistema que presenta información mediante el uso de señales discretas en forma de números o letras, me quiero refugiar en la primera acepción: la relativa a los dedos. Sí, a los dedos así de simple.

Reconozco de entrada mi gran simpatía por los dedos. No sólo por los míos que debo aceptar son mis preferidos sino por todos los demás. Bueno, por los ciento cuarenta mil millones de dedos de la humanidad, no. A razón de un promedio de veinte por cabeza me sale ese número multiplicado por los habitantes del planeta y si bien hay muchos que han perdido alguno también tenemos semejantes que disfrutan de añadidura como Ana Bolena, por ejemplo.

Son instrumentos estupendos. Los de las manos sirven para todo. Desde hurgarse las narices, ocupación favorita de los que van al volante, hasta interpretar un nocturno de Chopin. Indispensables para la subsistencia de la raza humana ya que sin ellos el sentido del tacto queda muy disminuido y ya se sabe que sin tacto no hay nada que hacer y se muere tan castamente como se llegó al mundo. Por eso que ese sentido es el más importante aunque la vista tiene lo suyo especialmente en tiempos en que hemos dejado de lado otros como el olfato que confiamos a los perros como algo secundario. Los de los pies sirven no sólo para que los luzcan las damas en el verano de Marbella calzadas con hermosas sandalias sino para mantener el equilibrio que es tan difícil alcanzar en todos los sentidos. Cuando me presentan un nuevo miembro de la familia con el que tengo confianza, lo primero que hago es comprobar que, aunque pequeños, los tiene al completo, cinco en cada extremidad. De momento, todos han aprobado.

Lo que quiero resaltar es la importancia del pulgar. Dicen los antropólogos que el progreso de la humanidad y la condición de ser superior, cada día más discutible especialmente después de las atrocidades que cometen algunos de sus miembros, están basados en la posibilidad de oponer el llamado dedo gordo a la palma y de esta manera poder asir un palo, por ejemplo, y atizarle en la cabeza a un colega o a una señora para llevársela a la cueva. Los monos son muchísimo más ágiles y más simpáticos que los homínidos pero carecen de esta facultad y eso que tienen cuatro manos en lugar de dos.

No era consciente de las utilidades de este dedo. Lo usaba para la barra de espaciador en la máquina de escribir. Pero me he dado cuenta que las nuevas generaciones lo saben emplear mucho mejor. Todos los mensajes a través de las distintas redes se escriben con los pulgares y todo el mundo es ambidextro. Nunca, en toda la historia, habían sido tan usados aunque no sé si útiles.

Tres hurras por Pulgarcito.

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