El arte de mentir

El fundamento básico de la lógica científica es la honestidad intelectual. Una mentira científica puede engañar a todo el mundo, pero no puede engañar a la realidad

Desde antes de Semana Santa, en todos los medios aparece la noticia de un presunto fraude (académico) cometido por una conocida política española. He sido director del Instituto de Investigación Biomédica de Málaga (Ibima) y miembro de varios comités de ética e investigación clínica y les puedo asegurar que pocas cosas tan dramáticas como el juicio por fraude a un científico por parte de la propia comunidad científica. La ciencia es uno de los instrumentos más poderosos que los seres humanos se han dado para acercarse a la verdad, cualquier cosa que sea esto de la verdad. Lo sorprendente de la lógica científica es que funciona y que con sus resultados somos capaces de cambiar la realidad. El fundamento básico de la lógica científica es la honestidad intelectual. Una mentira científica puede engañar a todo el mundo pero no puede engañar a la realidad.

El fraude y el plagio son las dos maneras más inmediatas de faltar a la verdad científica. No es algo nuevo en la historia de la ciencia. Un caso muy conocido es el de Lysenko, un científico soviético con enorme influencia en la antigua URSS quien afirmaba haber hecho descubrimientos agrícolas que podrían mejorar el rendimiento de las cosechas. Sus teorías, en ocasiones confusas, se basaban en la noción falsa de «herencia de caracteres adquiridos» que, además, coincidía con las tesis lamarkianas de Stalin. Tuvo que morir Stalin para que el darwinismo fuese rehabilitado y con él la desaparición de lo que se llamó el lysenkismo. En realidad lo de Lysenko no fue sino una forma de fraude científico con apoyo político. Hoy este tipo de fraude se produce, también y sobre todo, en las grandes compañías. De hecho, corre por ahí un chiste en el que se ve a un magnate que le dice a un probo científico: «Usted puede investigar en lo que quiera y yo le voy a financiar generosamente. La única condición que le pongo es que tiene que llegar a estos resultados». Pre-condicionar los resultados de la investigación científica en función de los interés comerciales de una empresa es la forma que adopta el lisenkenismo de las sociedades capitalistas.

Los médicos que hemos tenido relación con la industria farmacéutica sabemos algo de esto. La no publicación, por ejemplo, de los resultados negativos de los grandes ensayos clínicos es moneda corriente en la investigación clínica y una forma menor de lysenkismo industrial. Pero no es lo mismo el fraude que el plagio, aunque ambas sean reprobables. La originalidad es una de las ambiciones de la investigación científica. El plagio, por definición, es la negación de la originalidad, pues se trata simplemente de una copia de las ideas de otro, lo que lleva aparejado, en cierto modo, el reconocimiento a los méritos del plagiado. «Te copio porque yo no lo hubiera hecho mejor». El plagiador, en el fondo, sufre en su minusvalía y a él se le puede aplicar esa sentencia que se le atribuye a Donato, maestro de San Jerónimo: «Ojalá desaparecieran quienes escribieron antes lo mismo que nosotros». Los límites del plagio, al contrario que en el fraude, no siempre están claros y, de hecho, en el mundo de la ciencia corre una famosa ley de Felson, que dice algo así como que «robar ideas a una persona es plagio. Robárselas a muchas es investigación». Plagiar es la renuncia a cualquier forma de originalidad, es el reconocimiento a la propia impotencia, se descubra al plagiario o no se descubra.

El fraude, en cambio, puede ser original aunque siempre es falso. Inventarse una gran mentira no es fácil y menos en ciencia. Don Antonio Machado en 'Proverbios y cantares' dice: «Se miente más de la cuenta, por falta de fantasía: También la verdad se inventa». El fraude es el prototipo de la mentira científica. Mentir a sabiendas de que lo que digo y hago es falso. En los últimos años los casos de fraude científico parecen estar aumentando. El peor baldón que le puede caer al prestigio de un científico es que su trabajo, después de publicado, la revista científica le cuelgue el temido 'Retracted'. Un estigma de por vida. La revista 'Nature' informaba en octubre de 2011 que la retractación de artículos publicados se había multiplicado por 10 durante la década.

Casi todas las grandes revistas científicas han evaluado el fraude o el plagio científico y han visto cómo ha ido aumentando año tras año. Las razones son muchas. Identificaré aquí una de ellas con un testimonio de Ferric C. Fang, redactor jefe de la revista 'Infection and Immunity'. Entrevistado por el 'New York Times' sobre esta cuestión declaró que: «Todos los científicos que conozco están tan nerviosos por su financiación que no son modelos de conducta que deban inspirarnos. Se lo oigo decir a mis propios hijos, que se han dedicado al arte y la música, respectivamente. Me dicen: 'La verdad es que te observamos y no pareces muy feliz'». La carrera científica fue siempre la consecuencia de una vocación. Hoy los científicos viven obligados a una constante obtención de recursos y a una insaciable y meticulosa justificación de los mismos. No hay tiempo para pensar, solo para conseguir recursos y para publicar. 'Publish o Perisch'. Publicar o perecer, se dice en el argot. Esto es especialmente cierto para los jóvenes científicos que tienen que conseguir un estatus o para aquellos líderes cuyo único reconocimiento les viene por el peso de su currículo, no por su calidad. La tentación es demasiado fuerte para algunos. Parece llegado el momento de cambiar el rumbo, pero ¿cómo? Bueno, al menos no está de más el comenzar a descubrirlos. De hecho, ha aparecido una nueva profesión que encuadra a los cazadores de fraudes y plagios, sobre todo científicos o literarios, y que tiene por nombre, créanme, 'la engañótica', a la que desde aquí auguramos un gran futuro.

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