Arcoíris y belleza

RAFAEL J. PÉREZ PALLARÉS

La lluvia que ha caído estos días, la necesaria lluvia, aunque escasa, ha dejado espectáculos preciosos. Sin ir muy lejos el arcoíris. Emergía sobre las montañas de la sierra malagueña. Leemos en el Génesis: «Añadió Dios: esta es la señal de la alianza que establezco para siempre: pondré mi arco en las nubes; esa será la señal de mi alianza con la tierra.» Siglos más tarde Gilbert Baker diseñará una bandera multicolor que se mostró en público por primera vez en el Festival del orgullo de San Francisco. Cuentan las crónicas que se inspiró en el tema Over the rainbow, interpretada por Judy Garland. Pero eso fue mucho tiempo después. Al principio no fue así. El arco iris es y será símbolo de la alianza de Dios con su pueblo y con todos los seres de la tierra. Bello, verdadero y sorprendente como la vida y el arte. La vida y el arte de los millares de artistas, muchos de ellos malagueños.

Hace muchos años, en la década de los sesenta, concretamente en 1965, el Concilio Vaticano II hizo público un mensaje a los artistas. Era un mensaje dirigido a poetas y gentes de letras, pintores, escultores, arquitectos, músicos, actores, teatro y cineastas. El mensaje se dirigía a todos recordando que este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. ¡Qué gran verdad! Ante las situaciones críticas, duras y sucias en las que nos vemos envueltos, el arte se erige como terapia contra el dolor y la sinrazón del mal en el mundo. Porque la belleza, recordaba el Vaticano II, como la verdad, es quien pone alegría en el corazón de los hombres y mujeres. Y es cierto, porque la belleza es proporción aunque pueda resultar dislocada proporción. Pero sobre todo porque la belleza es misterio en estado puro y por eso se escapa, supera, va más allá.

Cuando se contempla el arcoíris milagro sencillo y sorprendente de la naturaleza y cuando se admira la obra que sale del arte humano, es necesario recordar que al igual que la belleza natural es pura y desinteresada, para que el arte que brota de las manos del artista ofrezca sanación y verdad, éste también debe ser puro. Es la mejor manera de ser libre tanto el artista como su obra. Porque, como afirma Jorge Rando, en la pureza está la libertad.

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