No aprenderemos nunca

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

Cuando aún no termina de enfriarse el cadáver -es un modo de hablar que no se ajusta exactamente a la realidad porque al pobre hombre lo han transformado en cenizas- estamos reincidiendo en la crucifixión de otro individuo, a su hijo y a otro ciudadano que hasta ahora eran muy populares, funcionaban a gusto de todos ante la impasibilidad de los interesados. Ahora el mundo entero afirma que ya se veía venir pero lo cierto es que nadie, que yo sepa, hacía nada o casi nada y estos caballeros se mantenían firmes en sus puestos que, además, eran electivos. En cada oportunidad eran aclamados. No sé muy bien qué función desarrollaban en el campo del deporte rey. Lo que sé es que no jugaban ni siquiera salían a la cancha pero poco más. Confieso que soy un absoluto y total ignorante en estas materias, como en muchas. Mis conocimientos llegan hasta el mundial de 1962 cuando en mi casa se compró un aparato de televisión al que acudía todo el vecindario y mientras todos se esforzaban en distinguir las proezas en una pantalla pequeñita, yo pelaba la pava en la última fila con quien después sería mi esposa. Hasta entonces, tenía un montón de datos, el Maracanazo, el gol de Zarra, Pelé, Garincha... Pero hasta allí llego y tengo que recurrir constantemente a mi amigo Antonio cuando quiero emocionarme con algún resultado. En 2010 vi varios partidos, por supuesto, y lo pasé fatal porque en dos oportunidades tenía más de un favorito. En 1982 también presencié varios encuentros y en mi casa entró el color. Pero poco más. Por eso, no estoy nada seguro que hacían estos caballeros pero parece que movían dinero. Como eran personas conocidas, su detención fue aireada por todos los medios y vestidos con una modesta camiseta los hemos visto -yo, por primera vez- desfilar hacia el Juzgado de la Audiencia Nacional y de allí a la cárcel. Todo esto mientras otra de las víctimas de este castigo de telediario decidía poner fin a sus penas y someterse al juicio del Hacedor que seguro podrá resolver sin presión mediática.

Vivimos una época en la cual el delito de moda, que durante algunos años, demasiados, fue el de blanqueo de capitales, ha cedido su protagonismo al de los provocados por la corrupción. Pero lo que no cesa es el tratamiento que se depara a los que pillan con el carrito del helado. Mientras más conocidos sean, se aplica aquello de más alta será la caída. Y los disgustos que tienen que soportar son de tal magnitud que la sociedad se ha cobrado ya dos víctimas mortales, además de alguna otra desgracia.

El Consejo General de la Abogacía Española tuvo el acierto de organizar un encuentro en el incomparable marco de La Magdalena sobre juicios paralelos, libertad de información, presunción de inocencia, filtraciones, secreto del sumario y derecho al honor. Al más alto nivel, Ministro de Justicia, Magistrados del Tribunal Supremo, Fiscal General., conocidos periodistas, Abogados de categoría...Y dos señoras que, como se dice en Hollywood, se robaron la película. Una filósofa, Consejera del Consejo de Estado, que me sumió en profundas reflexiones, persona a la que, a mi juicio, hay que dotar de un altavoz o asignarle un programa en un medio audiovisual en hora de máxima audiencia y visionado obligatorio. Y otra, una informadora especializada en asuntos judiciales más valiente que el Guerra. Obviamente, se barajaron diversos puntos de vista. Cada uno arrimaba él ascua a su sardina pero comprobamos que no estábamos tan en desacuerdo. Algunos abominábamos de los datos que se comunican antes a la prensa que a los interesados. No es la primera vez que el cliente se entera de su suerte por el periódico y él te lo comunica. Otros disculpaban estas comunicaciones anticipadas por mor del derecho pretendido de la opinión pública de enterarse de lo que le incumbe y de lo que no. Pero todos coincidíamos en que parece casi imposible evitarlas porque la curiosidad es incurable. Aunque mate al gato. Como el periodista tiene el derecho, casi sagrado de no revelar sus fuentes, lo ejerce y el filtrador se queda impune. Yo sugería que procurásemos castigar al responsable de la custodia de los documentos pero no tuve mucho éxito.

De todas las noticias que se anticipan la que más me repugna es la relativa a la inminente detención de alguien, con pelos y señales, que permite a las cámaras concurrir y emitir urbe et orbi los detalles, para que todas las tricotadoras se solacen viendo como se hace justicia. Sin moverse de casa ni abandonar el sillón. No sé por qué pero me parece que dando la noticia sería suficiente sin solazarnos en la desgracia ajena.

De esto, en Marbella sabemos un rato.

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