Aplaudir la sospecha

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Los resortes del descrédito político son inescrutables. El PP está pagando su factura más abultada de los últimos años, sobres aparte, por el más que sospechoso máster de Cristina Cifuentes. Casi todos hemos maquillado alguna vez nuestro currículum, especialmente en el apartado idiomático, pero del adorno a la compra de títulos hay un paso que solo puede darse cuando falta vergüenza o sobra sensación de inmunidad, y ya sabemos por experiencias anteriores que España adora las tretas pero no perdona el cinismo. Las excusas de la presidenta de la Comunidad de Madrid para no mostrar su trabajo final parecen diseñadas por su peor enemigo o por la niña que lleva dentro, siempre dispuesta a alegar que el perro destrozó sus deberes.

Si algo distingue al PP es su obsesiva vocación de aparentar unidad incluso a costa de acabar convertido en cómplice, como constató la ovación recibida por Cifuentes en la convención nacional que el partido celebró en Sevilla el pasado fin de semana. Me recordó a una canción que yo prefiero en la voz de Nacho Vegas: «Bravo, permíteme aplaudir / por tu forma de herir / mis sentimientos». Siguiendo esa perversa lógica alabadora, también merece un aplauso Pablo Casado, capaz de superar un máster presencial sin acudir a clase ni realizar exámenes. Más de un cargo público está temblando ante la posibilidad de que quede al descubierto la verdad sobre sus engrosados títulos académicos. Nuestros representantes continúan empeñándose en conseguir que votar resulte un acto de fe, aunque la política nada debería tener que ver con la religión, por mucho que algunos se crean el Mesías.

Tanta fe requiere la actualidad que ayer, en otro ataque de escepticismo, sentí la necesidad de preguntar a una compañera periodista mejor informada que yo si el encontronazo entre Froilán y los concejales de Izquierda Unida en el AVE no sería un bulo urdido o exagerado por el Partido Comunista para promocionar el 14 de abril. Me aseguró que no. El sobrino del Rey llamó «flojos» e «hijos de puta» a los ediles, como si estuviera en disposición de criticar la pereza ajena o las relaciones familiares anormales. Nadie ha hecho tanto por la República como la propia Casa Real y sus satélites, empezando por Urdangarín y acabando por Froilán, del mismo modo que nadie ha hecho tanto por estrechar los horizontes electorales del PP como el propio PP. Lo malo es que en el camino se lleven por delante el prestigio de la universidad pública. Tal vez piensen que eso también merece un aplauso.

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