Aparcar por la cara

Ana Barreales
ANA BARREALES

Al parecer, los funcionarios de la Ciudad de la Justicia no son trabajadores como usted y como yo, sino que 'necesitan' una plaza de aparcamiento gratuito garantizada, cuya construcción y mantenimiento pagamos entre todos, para desempeñar sus tareas. Así que la gerente del complejo decidió que, además de las 500 plazas que ya tenían reservadas para ellos, otras 300 que estaban disponibles para abogados, procuradores y visitantes fueran también para los funcionarios, en detrimento de los demás. Afortunadamente, la Junta rectificó la orden de la gerente y dejó las cosas como estaban, pero ahí queda el intento. Porque, como todo el mundo sabe, los funcionarios de la Ciudad de la Justicia son un tipo de empleados especiales, muy diferentes de los letrados y malagueños que van allí también a trabajar o porque son citados en algún juicio, que pueden aparcar en cualquier sitio.

Una vez distribuida la reserva de plazas, resulta bastante mezquino y ruin quitárselas a los ciudadanos que van a hacer uso de ese servicio o simplemente a trabajar para garantizar que todos los empleados públicos tengan una plaza esperándoles cuando lleguen, como si fueran ciudadanos de distinta categoría.

No es sólo que me parezca un privilegio innecesario en los tiempos de corren, sino que ese egoísmo entre los encargados de juzgar a los demás chirría y mucho. Claro que es más fácil medir el conocimiento de la ley que el sentido de la justicia de los que la tienen que aplicar, pero en un colectivo al que se supone un fuerte componente vocacional esperaba, si no ya nobleza espíritu, un poco de vergüenza torera al menos.

No es la primera vez que este parking es una fuente de problemas. Primero los jueces se enfrentaron a otros trabajadores por el reparto de las plazas en un conflicto que llegó hasta el Supremo. Una estupenda forma de tener entretenido a este tribunal.

Y volvió a ocurrir con las plazas para discapacitados. Al tratarse de un aparcamiento privado la policía no podía entrar a poner multas al recinto, así que, a falta de agentes sancionadores, algunos se saltaban la prohibición de aparcar en plazas reservadas a personas con movilidad reducida sin rubor alguno. Y eso obligó a establecer un protocolo para que se cumpliera la norma. ¡Qué gran ejemplo y qué inspiración para todos!

Por otra parte, ¿por qué unos sí y otros no? No son los únicos empleados públicos de Málaga que cuando ganaron su plaza (de trabajo) ganaron también una plaza (de parking), pero no todos tienen ese privilegio ¿Por qué no los profesionales sanitarios de los hospitales o los trabajadores municipales, por ejemplo?

Moraleja: cuando una prebenda innecesaria se convierte en una fuente de problemas lo más práctico es suprimirla. A ver si aprendemos.

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