Antonio o el buen sabio

La gracia sabia del hombre al que nada humano es ajeno

JESÚS NIETO JURADO

Vivir, la vida sigue. Sin yunques que suenen ni campanas que enmudezcan la insoportable consecuencia de los días. Los muertos cercanos nos van dejando el alma a la intemperie, y a pesar del sol notamos un frío de nevera vacía en esa parte del pecho que va de la cabeza al corazón y que acaba pasando por Dios: especialmente para quien lo tenga y así consuele la tragedia de los que perdemos.

Antonio Garrido Moraga se nos fue, demasiado pronto, y dejándonos sin conversaciones de las que se marcan y respaldan toda una vida en los libros. Enero llegó con frío a la ciudad, y enero se ha mediado con esta orfandad de poetas que ya no cantarán más al paraíso. Garrido Moraga regó Málaga, regó España y regó el mundo (Nueva York) de esa gracia sabia del hombre al que, como Terencio, nada humano le es ajeno. Siempre lo recodaré con una sonrisa, conferenciando frente a una marina norteña o un paisaje prusiano en la mañana de Pascua; explicando el XIX en la pintura española a quien pasase por allí. Garrido Moraga era feliz y era enciclopedia, o era una enciclopedia feliz que abría la Biblioteca de Alejandría en el requiebro de una conversación de cóctel donde otros medran o ponen cara de póker. De Antonio sé que ha sido maestro de mis maestros, y quizá sin su magisterio -por profesores y amigos interpuestos- hoy no andaría yo en esta página penando por la pronta inmortalidad de este humanista. No suelen ser hombres de acción las gentes de la Cultura, sí lo fue Antonio y su empeño de que la gran capital del sur de España tuviera Facultad de Periodismo.

Las suyas fueron las más amables batallas, sus largas sobremesas en Tours con Jean-Pierre Castellani, hijos de un mismo Mediterráneo, me fueron llegando por ambos: en ciudades y momentos distintos, y hablándome de esos instantes felices que no son muy habituales entre los doctos. Nunca le ocupó lugar el saber, y el nombre de Antonio era el nombre de todos los saberes: allá un códice, acá un bordado y un nazareno, y siempre la prosa rica de una diletancia amparada por los títulos académicos y los reconocimientos públicos.

Hizo a Málaga capital de España en Nueva York, y a su vuelta del Cervantes alguna vez lo ví por Larios con esos largos abrigos neoyorquinos de cuando llega a la Costa Este la tormenta de nieve y el soplo ártico a la orillita del Hudson. Quienes lo trataron, aparte la bonhomía, destacaron la apertura de mentes y la heterodoxia de Antonio, que siempre supo que una biblioteca es siempre una escuela de Humanidad. Recuerdo una misiva suya -a partir de una columna mía- sobre la propia muerte; quizá fuera su visión literaria del 'dejar de ser': «Querido Jesús: Muy lírico, muy elegíaco, como corresponde. El viernes impartí una clase en la Facultad sobre el articulismo y coincidimos. La muerte de la opinión es la muerte de la libertad. Enhorabuena y un fuerte abrazo».

Así vivía la enseñanza, la escritura. Un buen sabio.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos