Antonio

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Lo más atroz del paso del tiempo es que te va despojando, casi siempre sin avisar, de toda esa gente que de una u otra manera va marcando tu vida. Y cada vez que sucede, los inviernos se vuelven más inviernos por dentro. Algo de ti se va en cada tren sin retorno en el que se alejan el padre, la madre o el amigo... Pensaba en ello estos días a propósito de Antonio Garrido. Para muchos fue el concejal; para otros, el parlamentario o el cofrade. Para mí, qué quieren que les diga, siempre será el profesor. Porque mi primer contacto con Antonio fue en una recién estrenada Facultad de Ciencias de la Información de Málaga en los años noventa. Allí se forjó la primera promoción de Periodismo. Garrido (porque entonces era 'Garrido') fue la voz que nos enseñó a moldear la palabra. Chispeante, lúcido, desbordante en la puesta en escena de aquellas clases que alguna vez lo despidieron entre aplausos en gratitud por su magisterio brillante, su oratoria inigualable. Sí, es cierto lo que se ha contado estos días: yo también he visto esas bancadas del aula en pie para brindar una ovación al profesor de Lenguaje Informativo.

Y es que llegábamos los de aquella generación con más vocación que talento para aprender los fundamentos del periodismo. Y Garrido nos hizo comprender con su didáctica sagaz y divertida el poder del lenguaje para sacudir, despertar, acariciar y, al mismo tiempo, hacer daño. A aquellos aspirantes a cronistas nos remarcó una y otra vez la relevancia del detalle, del valor descriptivo de la narración: el erotismo simbólico del pie de Ana Ozores en el barro en 'La Regenta', una sombra en un cuento de Poe o el color de los cielos de Macondo.

La vida luego nos volvió a acercar gracias al vínculo con el fotógrafo Alejandro Hurtado B., mi eterno amigo, mi compañero por esos Caminos de la Memoria. Y, claro, con Sonia. Entonces dejó de ser Garrido. Ya fue para siempre Antonio. Jamás olvidaré aquellas tardes en La Mejorana, el apacible rincón propiedad de Alejandro y Yeli donde, entre cervezas, literatura y familia, lo mismo hablábamos del romero de su Esperanza que de la estructura narrativa de Bela Lugosi. Y uno se iba de allí con la certeza de saber muy poco, pero de haber aprendido mucho esa tarde. Así era Antonio. Pura luz.

Y cuando un ser luminoso se va, se apaga inexorablemente la luz que proyecta y los días se vuelven extraños y grises. Por eso ahora que, como en los versos de Gil de Biedma, de casi todo hace ya veinte años, escribo esta columna con la tinta que es savia de un recuerdo roto: el de un aula de Martiricos en pie tras la lección magistral de Garrido. Y la de una tarde cualquiera de un septiembre embelesado por la charla entre el hombre sabio y su alumno, que hoy le añora. Buen viaje, querido profesor.

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