Antiguo muchacho

Málaga fue el refugio que encontró García Baena en la España sórdida e intransigente de la posguerra

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Malas horas para las letras. La oratoria y la crítica de Antonio Garrido Moraga enmudecen para siempre y Pablo García Baena deja sin escribir su último verso. Decía Umbral que cuando conoció a Jean Cocteau «llevaba el pelo henchido por un viento que no había». Cuando conocí a Pablo García Baena y en todos los años en que lo traté nunca percibí el más mínimo henchimiento ni otro viento que no fuera el de la humildad, algo que en este negocio viene a ser lo mismo que el de la sabiduría. El mundo y sus vanidades eran ruido, algo que quedaba al otro lado de la pared, como el tráfago de los mercaderes y los jugadores de ruleta. Los premios Príncipe de Asturias o Reina Sofía puestos en boca de Pablo parecían un accidente que le hubiera sucedido por azar no algo que hubieran merecido sus versos y mucho menos su persona.

Málaga fue el refugio que encontró García Baena en la España sórdida e intransigente de la posguerra. Torremolinos, la tierra donde a la normalidad le llamaban permisión. Bernabé Fernández Canivell, Alfonso Canales, Rafael León, María Victoria Atencia, un jovencísimo José Infante y sobre todo su querido Rafael Pérez Estrada tejieron una malla sobre la que Pablo pudo vencer el vértigo de un poeta que durante años fue a contracorriente. Él y los suyos. Aquellos rebeldes silenciosos de Cántico que se negaron a tomar la poesía como un arma cargada de futuro ni de ninguna otra munición. La poesía no estaba hecha de hierro, era un silencioso río en el que sumergirse y al que mirar.

En aquella extravagante Tabla Redonda que fue el grupo de Bilmore en la segunda mitad de los noventa, Pablo García Baena recibió el título de presidente. Rafael Pérez Estrada era el secretario general. Una jerarquía blanda y sentimental, profundamente ácrata. Contradictoria, como todo lo que al parecer importa en la vida. La figura de García Baena, más allá de los límites de su diamantina poesía, representó un verdadero magisterio para todos los que tuvimos la suerte de conocerlo y de poder llamarnos sus amigos. La elegancia de una exquisita sencillez. Una depuración fruto de ese complejo camino que convierte lo sofisticado en asequible. Eso que llamamos humildad y que en el caso de Pablo consistía en algo así como bajar las estrellas del cielo con una escalera de mano o tratar a las musas como a unas amables dependientas de grandes almacenes. Desmontar los arquetipos presuntamente trascendentes del poeta y alcanzar, con esa actitud, con esa inteligencia, un escalón más elevado. 'Antiguo muchacho', siempre tengo asociado ese título suyo a la persona de Pablo. La literatura como salvación o al menos como alivio. Refugio contra las inclemencias de la vida, contra ese brazo de desgracia que en estos días ha azotado al mundo de las letras. «El final es silencio y no me asusta», dejó dicho García Baena en una entrevista de los últimos tiempos. Son ya demasiados nombres, demasiados silencios los que van quedando atrás.

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