LOS AÑOS OSCUROS

FRANCISCO MOYANO

LAS huellas del paso por la Casa Consistorial de la Plaza de los Naranjos de un partido político confesadamente sin ideología, denominado Grupo Independiente Liberal (GIL), permanecen en el día a día de Marbella; parece que se tratase de una cicatriz que haya formado queloide. Tras el paso de la Comisión Gestora le tocó al gobierno presidido por María de los Ángeles Muñoz enfrentarse a esa patología y, aunque es licenciada en medicina, no resultaba fácil enfrentarse al crecimiento anormal del &ldquotejido conjuntivo&rdquo en la sociedad marbellí. Es fácil entender por qué muchos ciudadanos se echan a temblar cuando escuchan declaraciones de algún grupo político que proclaman la carencia ideológica. Hay heridas que son difíciles de cerrar, especialmente cuando algunos de los puntos de sutura se soltaron y derivó en herida abierta y ante eso casi no cabe otra opción más que la paciencia. El recuerdo de los años oscuros se renueva cuando el prófugo por excelencia, el exconcejal gilista y andalucista, Carlos Fernández (Hernández en versión de residente argentino), reaparece once años después. Como el tiempo avanza de una manera inmisericorde, ya hay un elevado porcentaje de la población, potenciales votantes, que del gilismo poseen solo un vago recuerdo o que directamente no vivían en Marbella. Conviene recordar que el fenómeno Gil es una de las etapas más singulares de la historia de Marbella: un electorado que elige masivamente a un personaje atípico, al margen de cualquier forma convencional y que además no engañaba en sus pretensiones. Algo tuvo que ver en su llegada la situación de deterioro social y político que Marbella vivía en los últimos años de la década de los ochenta, con un Partido Socialista en el gobierno inmerso en luchas intestinas y con una tarea de gobierno muy poco eficaz con una creciente inseguridad ciudadana. Al alcalde Paco Parra (voluntarioso pero abocado al fracaso) le tocó bailar con la más fea; su propio partido lo mandó al campo de batalla sin los más mínimos pertrechos necesarios para luchar. En esas llega Jesús Gil, salvador supuesto, con fuertes intereses urbanísticos que, aconsejado por Pedro Román, decide formar un partido para comparecer a los comicios; algo que en un primer momento pareció realmente descabellado. Eran los años 1989 y 1990 y el cuartel general de gestación del nuevo partido se ubica en el Club Financiero. El grupo inicial, a los que podríamos considerar los fundadores del GIL estaba formado por Pedro Román (la &ldquosonrisa del régimen&rdquo se le llamó) como iniciador de la idea; Jesús Gil como centro e impulsor; el abogado personal de Gil, José Luis Sierra, diseñador de la ideología (de la que supuestamente carecían); Antonio Serrano, Julián Felipe Muñoz y José Luis Jiménez. Muy pronto se incorporaron al grupo Antonio Sampietro, Antonio Romero, José Luis Balmaseda, Roberto Barrios y Antonio Abril. El primer cometido era conseguir quince mil firmas para poder inscribir la formación; para la captación ciudadana se crearon en el Club Financiero una serie de grupos de apoyo que se repartieron el término municipal, visitando y, sobre todo, llamando por teléfono para recabar la firma. Se consiguió el objetivo. Precisamente es integrado en uno de esos grupos de apoyo como hace su aparición en Marbella un joven llamado Carlos Fernández Gámez. Su valedor ante Jesús Gil fue Antonio Serrano, quien convenció al líder del partido que era necesario incluir en la lista a una persona muy joven. Fue Serrano quien, al hacerse cargo de la Tenencia de Alcaldía de San Pedro, le facilitó la concejalía de deportes. Pero Fernández era poco dado a acatar órdenes y decidió ir por libre, lo que provocó que se intentase apartarlo del gobierno en la primera legislatura y en la segunda se dejó fuera de la lista, pero fue reclamado por muchos colectivos vecinales y deportivos, y finalmente fue incluido para no desaprovechar el tirón popular que había demostrado. Pero los ataques por parte de Román y Gil fueron constantes y su gestión nada clara en materia económica, terminaría por hacerle abandonar el Gil y reconvertirse en miembro del Partido Andalucista. En las elecciones de 1991 aparecía en el puesto quince de la lista; en las de 1995 en el lugar 16, aunque no terminó la legislatura en el GIL, pasando al grupo mixto; en 1999 fue elegido concejal por el Partido Andalucista, junto a Vicente Montes de Oca que pasó al grupo mixto; en 2003 nuevamente en el PA con María José Lanzat y Pedro Pérez Salgado. Los tres pasarían a formar parte del tripartito surgido de la moción de censura del verano de aquel año.

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