Anna Heidi Gabriel

JOSÉ ANTONIO TRUJILLO

El secesionismo catalán es un discurso en francés con pasaporte español. Los prófugos no dudaron en encontrar un nuevo peluquero y abogado en un país francófono en el que la justicia española no pudiera pedir su extradición. En la República del Congo también se habla la lengua de Baudelaire, nuestros jueces tampoco llegan, pero sus gustos son más exquisitos a la hora de ejecutar su estrategia de internacionalizar su conflicto. Gabriel es la Heidi que soñó con ser la señorita Rotenmeyer. Para ser mala se necesita constancia y coherencia. La estética abertzale de la dirigente secesionista catalana sólo era una pose. Su flequillo a modo hachazo, sus dobles camisetas superpuestas con mensaje, sus pendientes desertores de la bisutería, su militancia frente a la cosmética y la perfumería, fueron únicamente un disfraz. Siempre se comportó como una política llena de complejos que tenía que representar un papel. No se perdonó nunca a sí misma ser la hija de un obrero andaluz de Huelva que migró a Sallent del Llobregat para trabajar en las minas y de una madre de origen murciano. Su discurso era el del independentismo desde la radicalidad de la incoherencia. Se identifica claramente en ella el cuadro psicológico típico de lo que se define de forma peyorativa como charnego independentista, del que tanto reniega el secesionismo burgués catalán. El poder siempre ha estado reservado a las élites de una veintena de familias y el resto sólo han sido invitados a las sobras de su mesa. Anna supo desde un primer momento que no podía ser Clara, la señorita bien del cuento, y tuvo que aguantarse con su papel secundario.

La CUP hizo valer su insignificancia política ayudando a cuadrar una aritmética parlamentaria secesionista, a precio de saldo para los gobernantes catalanes, a los que no les importó aceptarlos al modo pulpo animal de compañía. La coherencia no es relevante para los 'cuperos', auténticos asalariados de la política, predicadores del socialismo para otros, vividores del capitalismo, que no se sonrojan pidiéndole al obrero dinero para una hucha solidaria para que la prófuga viva como una reina en la Suiza republicana. Su huida ha sido su último servicio al secesionismo sin épica. En Ginebra se le ve feliz, sin el peso y la presión de un independentismo totalitario que le imponía peluquero y modos de hacer. Nadie puede comprar los argumentos de su abogado, ni de sus compañeros, que pretenden sacar rédito de la debilidad de nuestro Gobierno pero no se atreven con la fortaleza de nuestra democracia y sus instituciones. Abuelito dime tú: ¿por qué Anna Heidi Gabriel ya es tan feliz?

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