Ángeles Rojigualda Martínez

José Antonio Trujillo
JOSÉ ANTONIO TRUJILLOMálaga

El gran problema del independentismo catalán no es el de querer apostar por la democracia, sino el de permanecer en ella. La libertad es aquello que da más realidad a las personas y a la sociedad en su conjunto. En Occidente hemos encontrado en el respeto a la ley un camino seguro de defensa de la libertad individual. Sin defensa de la ley no hay oportunidad para la democracia. Fuera del respeto y la concordia que representa nuestra Constitución de 1978, la libertad de las personas comienza a encontrarse en apuros. Muchas han sido las afrentas contra la democracia que desde el independentismo catalán se han cometido esta semana, pero ha habido gestos y comportamientos de algunos diputados autonómicos que nos han descrito los déficits democráticos que sufre esa sociedad con gran crudeza, y el de la señora Ángeles Rojigualda Martínez es un buen ejemplo.

España no cabe en una bandera. Despreciar el símbolo que muchos respetamos, no sólo es vulgar e injusto, sino que fundamentalmente es un gesto totalitario. Define a la persona acomplejada, a la que antes de participar en el debate maduro de las realidades que nos definen, prefiere el trazo con la brocha gorda del desprecio gratuito. Es más fácil servir al rencor que participar en la construcción de lo común. La mayoría de la sociedad democrática española ya no compra el argumento franquista de confundir el respeto y cariño a la enseña nacional con la intensidad del compromiso y el amor por nuestra tierra, sólo lo siguen haciendo algunos sectores de la izquierda radical anclada en el pasado. La bandera rojo y gualda representa a los españoles que respetamos el marco constitucional de convivencia. Los símbolos no pueden imponerse, tentación de todos los totalitarios, sólo pueden proponerse con el objetivo de incluir a todos los que comparten un proyecto común, que respetan su historia, aceptan su presente y están decididos a encarar el futuro de forma conjunta respetando su pluralidad.

El gesto de la política catalana representa un acto de cobardía que la define y la retrata. Ella sólo se siente cómoda y representada bajo el manto de la bandera anticonstitucional republicana como declaró posteriormente en los vomitorios de la cámara autonómica catalana. Su piel desgastada se muestra fina y especialmente sensible con los símbolos nacionales a los que desprecia sin disimulo, pero se convierte en pétrea cuando son los derechos individuales de las personas los que son pisoteados en una sesión parlamentaria que pasará a los anales del esperpento político. Es verdad que en su grupo parlamentario las luchas intestinas presiden sus debates y el afán de protagonismo de sus integrantes los hace alejarse de la realidad, pero cómo tuvo que ser interpretado su cobarde gesto que hasta la gélida presidenta Forcadell le llamó la atención y el mismísimo Pablo Iglesias le sugirió que debía pedir disculpas por su comportamiento. El perdón sólo puede pedirse desde la humildad y esa es una cima imposible para doña Ángeles Rojigualda Martínez.

Fotos

Vídeos