Amor Jedi

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Me estoy haciendo Jedi. Tal como va el mundo, no veo mejor opción. En Australia, Canadá y Escocia es una religión aceptada, con decenas de miles de seguidores. En Inglaterra y Gales existen más Jedis que judíos o budistas. Y aquí no tardará en implantarse, con su ironía cósmica, como una espiritualidad alternativa más adecuada a la vida del siglo XXI que cualquiera de sus milenarias competidoras.

Uno no se transforma en Jedi enseguida. Se necesita un largo proceso de instrucción. Mi psiquiatra piensa que me estoy volviendo loco por culpa del canal temático de Movistar sobre 'Star Wars'. Dedicar tantas horas diarias a consumir una mitología degradada como esa es peligroso, me advirtió la última vez que hablé con ella. Tu mente puede trastornarse. Mi psiquiatra cree que huyo de la depresión contemplando en bucle esas naves espaciales cruzando el cielo estrellado y esas espadas láser combatiendo el mal con alegría coreográfica. Y me recomienda salir a la calle para admirar, como mis congéneres, el espectáculo sideral de las luces navideñas. Ay, si ella conociera la realidad, dejaría de ser psiquiatra y se haría Jedi como yo.

Todo comenzó hace mucho, mucho tiempo en una remota nebulosa llamada adolescencia. Yo debía de tener quince años cuando ya me había convertido en un fan precoz de la saga galáctica. Coleccionaba toda imagen o accesorio que se me ponía a tiro y contaba con desesperación las horas que restaban para encontrarme con mi universo soñado. El primer contacto me dejó abatido. Salí del cine con la sensación de haberme perdido algo. No era eso lo que esperaba. Pero la semilla estaba sembrada. El chispazo estelar había alcanzado mi corazón. Las siguientes entregas me cogieron desprevenido llegando a la mayoría de edad o sumido en un período sentimental de experiencias tumultuosas. Cuando la saga reemprendió su viaje al hiperespacio a fines del siglo pasado, mi indiferencia era una pose adulta para conjurar la verdad.

Sentí la primera conmoción de la Fuerza al ver morir a Han Solo a manos de su malvado hijo. Una punzada cardíaca me hizo pensar en mi padre, muerto de un ictus catorce años antes, y se me saltaron las lágrimas en el cine. La segunda conmoción me atacó un año después, tras la muerte real de la princesa Leia. Mi psiquiatra achacó el dolor torácico al estrés nervioso propio de los sedentarios hiperactivos. Pero yo sabía más. La Fuerza estaba penetrando en mí con fuerza. Concentración interior, energía sublimada, disciplina emocional. La Fuerza tiene su lado oscuro, pero aprendes a controlar su poder. Es como el amor. Tensión eléctrica. Calambrazo sanguíneo. Cuando profesas el credo Jedi te despides de todos los vicios, te dejas crecer la barba carismática y afrontas el nuevo año sin miedo y sin esperanza. Que la Fuerza del Amor os acompañe.

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