Amantes del silencio, pero amigos del ruido

JOSÉ MARÍA ROMERA

Pedir silencio en tiempos ruidosos suena a quimera. El hombre contemporáneo es un insaciable consumidor de ruidos que a su vez produce ruidos para hacer notar su presencia, para sentirse vivo, para relacionarse y encontrar sentido a su ir y venir a menudo sin rumbo. Pero en la misma medida en que allá donde vayamos nos acosan los decibelios, crece la demanda de espacios sin ruido en lugares de trabajo, medios de transporte colectivo y espacios públicos. Y toma auge asimismo la literatura de corte espiritualista y zen dedicada a cantar las excelencias del silencio. Lo necesitamos, escribe Frédéric Lenoir en 'Breve tratado de la vida interior' (Kairós, 2011), «para tomar distancia respecto de los acontecimientos». El silencio nos ayuda a aislarnos del mundo, a encontrar nuestro yo, a «permanecer en el centro», como sostiene Pablo d'Ors en su 'Biografía del silencio' (Siruela, 2012). Pero algo está definitivamente perdido cuando el silencio ha dejado de ser una propiedad natural de las cosas y se percibe como un bien que es preciso conquistar, muchas veces a fuerza de trabajo y disciplina personal o en denodada pelea contra el medio. A quien demanda medidas contra el ruido se le mira como a un tiquismiquis intolerante, incapaz de soportar unas molestias que otros perciben sin manifestar incomodidad alguna, como un tributo razonable a la vida en sociedad o al progreso material que nos hace la vida más confortable. La propia definición del término silencio ofrecida por el diccionario («ausencia de ruido») da a entender que se trata de un estado carencial: se diría que estamos en silencio porque nos faltan sonidos, y no que es el ruido lo que se superpone a los silencios.

Porque el silencio nos desconcierta. El silencio asusta. El silencio crea una insoportable sensación de vacío. El silencio nos apea del tren donde viajamos rumbo a cualquiera sabe dónde para dejarnos a la intemperie, aislados y solitarios, sin saber qué dirección tomar. Dicho de otro modo: nos enfrenta al desafío de nuestra libertad. Y entonces, espoleados por esa especie de 'horror vacui', nos apresuramos a llenar el hueco con cualquier sonido, da igual que venga de la radio o de una conversación por ordenador. «Ha pasado un ángel», suele decirse cuando en una conversación se ha producido una larga pausa durante la cual nadie ha hecho uso de la palabra. Pero ese ángel se nos figura más como el exterminador que como el de la guarda. Los silencios son sospechosos, amenazantes, insidiosos. Quien permanece callado incomoda a los demás y los llena de zozobra; «¿te sientes mal?», «¿estás enfadado?», «¿por qué no dices nada?», preguntan entonces los de alrededor entre alarmados y ofendidos.

Lo observa Lenoir: «En nuestro mundo moderno, donde vivimos acotados por demasiadas palabras y músicas, ruidos y clamores, la ausencia de sonidos nos resulta angustiosa». Media hora sin estímulos externos nos inquieta. En lugar de disfrutar de ese tiempo, nos precipitamos al 'smartphone' para ponernos en contacto con el mundo: «Tenemos miedo de encontrarnos a solas con nosotros mismos, miedo del silencio interior al que el silencio exterior abre camino». Coincide con él D'Ors cuando asegura que hemos inventado una sociedad en la que es necesario entretenernos porque no somos capaces de «intratenernos». Buscamos ruidos para salir del aburrimiento. El carácter escapista de la actual cultura del entretenimiento queda corroborado por su particular ligazón con los ruidos. Entre los diversos estímulos sensoriales que caracterizan a los nuevos productos del ocio, desde los surtidos mediante pantallas hasta los de consumo físico directo, no cabe duda de que predominan los de naturaleza audiovisual. La impresión primera es que los signos visuales (icónicos, cromáticos, luminosos) se imponen sobre los sonoros, pero esto solo ocurre en el plano referencial. En el plano emotivo, en cambio, son las señales llegadas al oído las que mantienen en tensión al usuario y le conducen por un intrincado laberinto de reacciones, adictivas en su mayoría. Melodías, estallidos, timbrazos, onomatopeyas, ovaciones, gritos y explosiones dejan de ser elementos de refuerzo para convertirse en señales preferentes cuya secuencia estimula y ordena, dicta y regula las respuestas de quien interviene en el juego. Así resulta que cuando alguien dice que tiene la tele encendida a todas horas «porque le hace compañía» no es que se mantenga atento sin cesar a las imágenes, sino que lo que verdaderamente le arropa son los sonidos que invaden la casa como una especie de manto musical acogedor.

LA CITAGeorge Steiner «Solo el silencio nos enseña a encontrar en nosotros lo esencial»

«Hay algo amenazante en los silencios demasiado grandes», escribía Sófocles. Es cierto que los ruidos perturban, pero también nos protegen. Y mucho tememos que, de tener que escoger entre una atmósfera limpia de sonidos parásitos y una algarabía constante de músicas, voces y cacofonías, muchas personas optarían por lo segundo. Antes enloquecer entre ruidos externos que tener que enfrentarse a los ruidos interiores que el silencio pone al descubierto.

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