La Rontonda

Más allá del Centro

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Dicen los viajeros que hay vida más allá de las viejas almenas de Carretería; al otro lado del cauce seco que, a veces, por unas horas y con toda la fuerza de los elementos, vuelve a ser río. Dicen que hay una ciudad entera que se abre hacia el Oeste, y hacia el Este y hacia el Norte. Hacia el sur hay mar, que no es poco. Cualquiera lo diría. En Málaga no pasa nada, si no pasa en el Centro. Menuda inflación social de celebraciones en un puñado chico de kilómetros. Y mira que es grande la ciudad. Tanto como la sexta mayor de esto que todavía llaman España.

Señores del Ayuntamiento y organizadores de eventos varios. En Málaga -también las hay en otras urbes- hay unas cosas que se llaman barrios. Son esas aglomeraciones de viviendas y calles y a veces (pocas) hasta parques, que rodean al Casco Histórico y donde vive mucha gente, casi todos los que se hacen llamar malagueños. Aceptamos pulpo como animal de compañía. Vale que las cofradías tienen que hacer sus procesiones -ordinarias, extraordinarias, magnas y de tiro porque me toca- en el entorno cercano donde tienen sus iglesias y casas de hermandad, que están en un puñado de calles de la parte vieja. Pero ya se están poniendo pesados los cofrades con la nueva moda de sacar los tronos por cualquier motivo, con el beneplácito municipal y eclesiástico para hacer lo que quieran. La Semana Santa, como su propio nombre indica, es una sola. Y es sagrada.

Casi todo lo demás se podría celebrar en las magníficas avenidas de Teatinos, de la Carretera de Cádiz, del Palo, de Campanillas y del Puerto de la Torre, por citar sólo algunos distritos. Pues no, también hay que hacerlo en el mismo sitio. El colmo ha sido este fin de semana pasado con la carrera urbana. Habrá sitios mejores, más amplios y lucidos, como ese paseo marítimo de Pacífico, al ladito de la brisa del mar; con el taró flotando en el ambiente a finales de octubre, como si fuera pleno verano. La diversificación de las acciones, sobre todo las que sean masivas, supondría una oportunidad para los negocios de otras zonas... Ni de coña.

Y así, pasito a pasito (suave, suavecito) entre todos vamos expulsando a los pocos vecinos que todavía sobreviven en el casco antiguo. Hartos de no poder casi ni salir de sus casas; de que no se les permita mover sus coches; de ver las calles atestadas de gente cualquier día del año y por cualquier motivo. Por no hablar de la sobredosis de hostelería y de terrazas y de otros desequilibrios funcionales que padece la almendra. Aquí somos especialistas en abusar de todo lo que funciona, hasta que se rompe. La ciudad tiene que aprender a diversificar, buscar nuevas centralidades urbanas que pongan en valor otros barrios. De verdad, existe vida más allá del Centro.

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