Alegría salvaje

Rafael J. Pérez
RAFAEL J. PÉREZMálaga

Ayer domingo la liturgia católica celebró el domingo de la alegría, el domingo laetare. El desierto cuaresmal fue interrumpido durante unas horas con la alegría como protagonista. La alegría para el cristiano, fruto del Espíritu, está íntimamente unida a la vida. Como también la alegría purificada, limpia y clara está íntimamente unida a la prueba. A veces la vida se parece más a una guerra que a un prado de flores. Y sin embargo, aún en medio de la lucha, es posible resistir blandiendo la alegría. La alegría verdadera que no se confunde con la mueca caricaturesca del está todo bien, ni la risa grotesca de la diversión del finde, ni mucho menos la pretendida alegría alimentada por la droga. Tampoco es el trofeo de los vencedores. La alegría es pequeña e íntima. Fruto de la paz interior. A la alegría se llega a veces a través de un encuentro azaroso. De hecho, cuando nos toma por sorpresa parece que fuera parte de nuestra naturaleza porque en el fondo responde a la lógica de la existencia: allí está ella seductora, transigente, buscándote. Solo se trata de reconocerla y hacerla tuya.

La alegría como regalo se descubre en medio de lástimas y amores; de cegueras e iluminaciones. La alegría se construye, defiende y reclama; se destruye, desarma y mata; se reconquista, transmite y comparte. Junto a la alegría se aprende la aritmética dura de la vida: uno se entera con lo que puede contar a la hora de la verdad, a la hora de vivir en libertad. Aún en las inevitables derrotas, existe la entrañable y tierna alegría; aquella que remite a nuestra infancia espiritual y nos descubre a quien elige la misma trinchera y recuerda con Benedetti usted sabe que puede contar conmigo no hasta dos o hasta diez sino contar conmigo. La alegría se comparte. Tierna y dulcemente; salvaje y honestamente.

Cuando la capacidad para la alegría se recupera tras una larga caída las alegrías ya no son las mismas. Nosotros tampoco. La manera de sentir la alegría, expresarla o reconocerla, suelen obedecer a cambios tan notables en nuestra existencia que el primer sorprendido es uno mismo. Probablemente la alegría se haya recuperado de la mano del amor. Y es que el amor rejuvenece, es fuente espontánea y profunda de alegría. Querido lector, quien no ama, no ríe. Desconoce la alegría. Y por eso, recuerde, el egoísta sufre.

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