Alarma social

JOSÉ MARÍA ROMERA

La alarma social aparece sobre todo cuando un hecho repetido se percibe como un riesgo inminente, como una amenaza cercana, como el motivo de un temor que desborda el cálculo lógico y las conclusiones racionales. Y entonces se propaga. Y crea en la gente la sensación de que para resolver el problema hay que hacer algo, no importa qué, algo urgente y definitivo que corte el problema de raíz antes de que ya sea tarde. Aparece con frecuencia. Ha vuelto a surgir con motivo de los crímenes cometidos las últimas semanas en Bilbao por menores de edad, pero nunca ha dejado de estar ahí agazapada, dispuesta a saltar a la menor señal que la agite. Porque la alarma social tiene bastante que ver con la agitación. Quiero decir que es una reacción psicológica colectiva muy dada a activarse si uno sabe manejar sus resortes en beneficio de una causa, de una doctrina, de la venta de cualquier mercancía política, ideológica o de la clase que sea. Y además atrae mucho a los indignados, esa especie humana en auge que ha desarrollado una habilidad especial para olfatear los delitos sin por ello capacitarse más para encontrar soluciones. Al indignado le basta con tener una piedra de escándalo en la que proyectar su furia para sentirse acto seguido recompensado por la sensación de integridad moral. Y para exhibirla con aspavientos, por supuesto.

Hoy es la delincuencia adolescente pero mañana pueden ser perfectamente la corrupción política, la pornografía infantil o los atropellos en las carreteras. Negar la gravedad de esos problemas sería del género tonto, claro está. Pero es una gravedad cuyo reconocimiento no precisa de histerismo ni de propuestas de solución arrebatadas, más bien al contrario: cuando un fenómeno provoca alarma social es debido generalmente a que no tiene arreglo fácil y que por tanto tiene que abordarse con estudio, inteligencia y sangre fría. Algunos dirigentes tienden a legislar a golpe de telediario. En caliente. Aprovechando los estados de consternación general que provoca la irrupción súbita y reiterada del mal y que sobredimensiona la tendencia sensacionalista de los medios de comunicación menos escrupulosos. Pretenden hacer de la alarma social un atajo que salte por encima de reglas, valores, acuerdos y principios. Es el oportunismo del «a por ellos», del puñetazo en la mesa, de la baraja rota y el «hasta aquí hemos llegado». No sé qué dirán los juristas, pero creo sinceramente que la alarma social nunca debería aducirse como agravante de condenas ni justificación de detenciones. Primero, por su naturaleza borrosa y subjetiva. Y después, porque favorece la manipulación de emociones y sentimientos. Lo cual no significa que deba sustituirse por la inacción. Antes al contrario -y esta es la única ventaja que uno le ve- la alarma social nos interpela. Nos dice que hay que buscar soluciones. El problema es dar con ellas.

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