Alameda enferma

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Se ha caído un ficus de la Alameda Principal. No es por hacer leña del árbol caído, pero no es precisamente el primero. Tampoco será el último. Desde 2010 van cuatro, entre gigantes derribados por las inclemencias y los que fueron talados, directamente eutanasiados porque estaban en riesgo cierto de muerte. Nuestra Alameda, esa de la que estamos tan orgullosos, está enferma, pero nos negamos a darle cura. Se diría que los árboles no nos dejan ver el bosque del problema que se avecina. Aquí somos más de dejar pasar el tiempo, hasta que caiga el siguiente. Y nos seguiremos yendo por las ramas inexistentes. Triste destino para el monumento natural más emblemático de una ciudad que no puede presumir precisamente de tener grandes espacios verdes.

La consultora Tecnoma hizo en 2009, por encargo de la Junta y con motivo de las obras del túnel del metro, un chequeo biológico de todos los ejemplares. El dictamen, al que se le hizo el mismo caso que a un Pepito Grillo, dijo que tan sólo cuatro de los 24 ficus centenarios tenían una vitalidad óptima. El resto estaban en índices medios o bajos, con síntomas de envejecimiento y regresiones más o menos importantes en sus copas. Cuatro de ellos se encontraban entonces en muy mal estado, con pudriciones generalizadas en el fuste y en la base de las ramas principales, con una estructura inestable de evolución negativa. Desde entonces hasta ahora se han perdido cuatro pies (de los 52 que había): dos fueron talados y sustituidos en 2010; y otro se cayó ese mismo año por causas meteorológicas, igual que ha ocurrido esta semana.

La situación es alarmante. El concejal de Medio Ambiente, Raúl Jiménez, ha sido valiente al proponer que se abra ya el debate sobre el futuro de este espacio, a sabiendas de que le pueden llover las críticas del ecologismo demagógico, como ya le ocurrió con las talas en Gibralfaro. Los técnicos municipales proponen unas podas de mayor alcance en las copas, que tendrán un impacto visual inicial, aunque a medio plazo beneficiarán a la arboleda y a la ciudad. No es la única solución, y se puede plantear una discusión profesional y sosegada, con expertos de prestigio.

Da miedo sólo pensarlo. Las temidas redes sociales arderán con el fragor de la leña al mono, en un río revuelto en el que a buen seguro alguien tratará de pescar, mientras la cúpula verde se seca. Los grupos municipales tienen que hacer un ejercicio de responsabilidad y dejar el futuro de los árboles centenarios fuera de la confrontación política. Todavía hay esperanza para la Alameda. Parafraseando a Martin Luther King: si supiera que el mundo se acaba mañana, yo hoy plantaría un ficus.

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