Ahogados por el ruido

ANTONIO ORTÍN

Escribir se ha convertido en un desafío, un reto que nos obliga a mirar cada día por encima del delirio catalán y sus consecuencias. Porque lo cierto es que la vida sigue más allá del fugitivo Puigdemont y sus sicarios, empeñados en provocar una fractura que costará décadas restañar, por mucho que los tribunales la paren a tiempo. Viene esto a cuento porque llevaba tiempo sin ver a un amigo, miembro del GEAS, la unidad subacuática de la Guardia Civil, que hace unos meses fue destinado en Melilla. La cuestión es que, después de conversar sobre los últimos episodios del dislate independentista, le fui a preguntar cómo le iba en la frontera. Y pude entender en pocos segundos que, al otro lado de todo este ruido golpista, hay problemas que permanecen como antes del 1-O. La inmigración, como me hizo ver el otro día este guardia civil, sigue siendo ese drama que no cesa pese al tiempo transcurrido desde la sacudida del niño Aylan Kurdi y su cuerpo varado en nuestras costas. Aquel golpe certero a nuestra conciencia movió algunos cimientos, incluso entre la fría estructura de la administración europea. Pero su onda expansiva se fue apagando y debemos admitir que hemos pasado página con los refugiados y el flujo constante de 'sin papeles'.

«Cada día son 10, 12... hemos perdido la cuenta de los que interceptamos tratando de llegar». El relato de mi buen amigo no deja lugar a dudas. «Algunos logran pasar y te los encuentras después vagando por las calles de Melilla». Vagabundos del hambre y, lo que es peor, del olvido. Pero todo eso se ha ido difuminando en la cegadora niebla que invade la actualidad y no nos deja ver ni apenas oír poco más que Junqueras, rebelión o patriotismo. A eso, claro, hay que añadir nuestra escasa resistencia a encajar la realidad cruda. Y para eso tenemos la tele, las reediciones de Operación Triunfo, Juan Imedio y el fútbol; soluciones rápidas para poner un velo al dolor de tanta guerra y la sordina al aullido voraz de la muerte que persigue a indefensos en todas las partes del mundo.

Pero lo cierto es que ahí están. «Te acostumbras a todo, haces coraza; pero sabes que detrás de esa valla hay otros mil, dos mil o quién sabe cuántos esperando un despiste para saltar». Leo la pena en los ojos de este guardia civil. Y creo interpretar entre líneas en su conversación que sabe que todo su esfuerzo y el de sus compañeros es pan para hoy y hambre para mañana. Que después de los que hoy sorprendan con las cámaras térmicas vendrán otros y otros. «Vienen nadando, en 'gomas' (balsas neumáticas)... algunos no llegan y nos toca sacarlos del fondo». Qué horror escuchar el naufragio de tanta esperanza.

Quizá deberíamos elevar la mirada por encima de Cataluña antes de que alguien nos venga a reprochar lo bien que nos ha venido tanto ruido para ahogar el sonido feroz de nuestra propia conciencia.

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