El adiós de un superviviente

DIEGO CARCEDO

El adiós de Mariano Rajoy ya hace días que era esperado, pero tampoco demasiado. El expresidente, si por algo ha destacado durante su larga etapa de protagonismo político, fue por la capacidad excepcional para sobrevivir a circunstancias y adversidades que ha demostrado. A primera vista, Rajoy tiene más aspecto de registrador de la propiedad, su primera profesión, que de líder político de masas y, sin embargo, por lo que en la práctica pasará a la historia será por su habilidad saltando de cargo en cargo y sorteando los continuos obstáculos que el usufructo del poder ofrece.

La condición política le viene al expresidente de herencia: ya su abuelo, prócer pontevedrés del siglo pasado, fue un avanzado de la descentralización administrativa de España. En julio de 1936 encabezó la Comisión que presentó ante la República el primer proyecto de autonomía para Galicia. Pocos días después, el golpe de Estado impidió que el plan saliera adelante y tendrían que pasar varias décadas para que su nieto tomase el relevo y, después de ensayarse como concejal y presidente de la Diputación, asumiese la vicepresidencia de la Xunta.

Fue en los comienzos de la década de los ochenta y desde entonces la carrera de Mariano Rajoy sufrió altibajos, aunque él nunca conoció el paro. Probablemente sea el político contemporáneo que desempeñó más y más variadas carteras ministeriales antes de llegar a la Presidencia del Gobierno, por la que luchó hasta el último momento contra propios y extraños, en la que enfrentó etapas muy duras y sufrió críticas a su gestión y desaires de algún que otro allegado. Hasta caer cuando menos lo esperaba, en una moción de censura aparentemente de trámite. Si largo y accidentado fue su paso por la Administración Pública, no lo fue menos su trayectoria en el Partido Popular donde su escalada tampoco fue un camino de rosas, primero con las reticencias del fundador, el omnipotente Manuel Fraga, que no le idolatraba; después con la enemistad indisimulada de Esperanza Aguirre, la lideresa emergente que le disputaba el liderazgo sin disimulo, y por último, la acritud con que su predecesor y propulsor de su acceso a la Presidencia del Gobierno, José María Aznar, enseguida empezó a amargarle su actuación.

Rajoy manejó, a veces con éxito y a veces al borde de la desesperación de los ciudadanos, su impasibilidad ante los problemas y predisposición a dejar que el tiempo los resolviese, lo cual gravita ahora sobre su imagen pasada. De su gestión queda la recuperación económica junto a dos fracasos: el agravamiento del conflicto catalán, que lega al sucesor, y haber permitido a la corrupción campar a sus anchas entre muchos altos cargos de su partido y Gobierno. La tolerancia con que permitió que tantos conspicuos compañeros se aprovechasen del paraguas oficial para enriquecerse, es la que acabaría venciendo su reconocida capacidad de supervivencia.

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