Adictos a la pareja

LA TRIBUNA

Hay personas que se someten a su pareja porque no entienden el amor de otra manera, es una especie de adicción a la misma, por miedo quizás a la soledad y a que «se pase el arroz». No nos educan para estar solos

JOSÉ LUIS RAYA

No se puede combatir las sutilezas de determinados comportamientos, rayanos en el agravio, y que se inflige en determinadas personas porque el/la que los sufre (o los padece) no es consciente y, si lo fuere, lo consiente, y, aunque no se infringe ninguna ley por ello no deja de perturbarnos, al menos, a los que son o somos observadores. Esto se produce/reproduce en muchas relaciones: amistad, pareja, familia, laboral. Obviamente no podemos abarcarlas todas, por lo que hay que centrarse en alguna de ellas, puesto que las bacterias que dan vida a esos truculentos matices son las mismas.

Por lo general, el seductor (o seductora) suele elegir correctamente a su víctima y ésta se deja embaucar, la mayoría de las veces con asentimiento y consentimiento. El conquistador despliega sus encantos, cual encantador de serpientes para atraerla. El pronombre ‘la’ suele ser muy general puesto que nuestra sociedad se ha decantado, desde siempre, por la idea viril de que el hombre sea el que seduce, esto se remonta a las sociedades primitivas y lo comprobamos en toda la iconografía occidental y oriental sin distingos culturales. La mujer siempre ha sido sometida al requerimiento del varón, a sus gustos, sus cortejos circenses, sus devaneos o caprichos, incluso ha recurrido a los conjuros, como lo hiciera Calisto en ‘La Celestina’, a la insistencia próxima al acoso como nuestro querido don Juan Tenorio, a las mentiras y falsedades, más bien camuflajes, de Cyrano de Bergerac. Todo vale, incluso lo impostado. Isabel de Segura esperó durante cinco años de silencio el regreso de Diego de Marcilla: toda una adicción absurda, pa luego ná. Tonta ella, tonto él. En cualquier caso, los autores han condenado estos comportamientos con ‘escarmentosos’ y moralistas finales. Rojas, Zorrilla y Tirso previamente, Hartzenbusch o Rostand han llamado la atención sobre esto, empero, la sociedad ha seguido por los mismos derroteros, desde los presupuestos del amor cortés que inundaron toda la literatura medieval europea. Algo se torció en nuestra cultura. El gran hispanista Deyermond asegura que era la dama la que trataba de seducir al caballero en nuestras jarchas, las más antiguas datan del siglo IX y X, incluso en algunas se percibe una suerte de eros homosexual en el que el caballero se hace pasar por una dama para engatusar a su hombre. Algo o alguien ha ido cubriendo toda esta cultura hasta aniquilarla –recientemente se ha estrenado ‘Wonder Woman’ y contradice todo lo anterior, es ella la que lucha y protege a su amado, pero es la única mujer, con cierta enjundia, que actúa de esta guisa en toda la iconografía Marvel, tan hombruna y machista, por qué no–.

Cuando, en definitiva, ella o él (los tiempos están cambiando) se somete a los requerimientos del seductor acuden solícitos sin contemplaciones. Muchos de ellos-as pierden su personalidad e incluso sus hábitos se diluyen porque se adaptan a los de su pareja. Como he explicado anteriormente es el hombre (el macho dominante) el que impone usanzas, amistades, actividades, gustos, preferencias. En la pareja, generalmente, uno es el que dicta a dónde se puede ir, qué hay que hacer, con quién hay que quedar, qué película se tiene que ver o a dónde se va a cenar. En muchas ocasiones, el otro se somete y se entrega de tal manera que su personalidad (que es un compendio de gustos, preferencias o actitudes) se diluye y desaparece ante los dictámenes del amado o amada. ¿Este sometimiento consentido es una suerte de sutil maltrato psicológico porque el seductor o seductora impone su ‘ley’ que el otro ha de acatar o/porque seguramente pudiera haber severas represalias?

Efectivamente, no nos han educado correctamente en las vicisitudes del amor, pero esto no es de esta generación, sino que se pierde en la memoria de los tiempos y abarca todas las culturas. Sin entrar en cuestiones genéricas (de género), hay personas que se someten a su pareja porque no entienden el amor de otra manera, es una especie de adicción a la misma, por miedo quizás a la soledad y a que «se pase el arroz». No nos educan para estar solos, sino que hay que formar una familia o al menos estar emparejado-a: es una especie de triunfo personal. Es muy triste comprobar cómo hay niñas que a los doce, trece o catorce años se les llena la boca de orgullo al manifestar que ya tienen novio –y los padres tan panchos–, aunque éste sea un canalla o un mal nacido. Ella se aferra a su pareja como a un clavo ardiendo y no la suelta. Ya han perdido a sus amigas y amigos, se han distanciado de la familia y sólo viven para él/ella. Cada minuto que transcurre sin verlo es un minuto de sufrimiento y desolación. Y esto no es sólo algo que concierne a la alocada, impulsiva e irracional juventud, sino que hombres y mujeres adultos, heterosexuales y homosexuales, se entregan a sus parejas de tal forma que ya no les queda nada. Terminan pensando, sintiendo y opinando como él/ella. Sus vidas se apagan porque se entregan en cuerpo y alma a sus novios-as. Y terminan por perderlo todo, incluso pierden su propia dignidad.

Romeo, Julieta, Isabel, Diego, Calisto y Melibea murieron por amor: si es que no tenemos remedio. ¡Qué lindo y qué triste!

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