Acuerdo de gallos

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Estamos tan acostumbrados a la confrontación política que cualquier acuerdo unánime, por razonable y necesario que parezca, resulta insólito. La gestión municipal, tristemente adscrita a la crispación que marca la actualidad nacional, carece de excusas para escudarse bajo trincheras partidistas, pero la ambición personal de alcaldes y concejales, esa absurda necesidad de incorporar el argumentario de sus formaciones a sus propios discursos, a menudo enfanga de forma innecesaria la vida política local. Dirigidos desde la voluntad de desenredar nudos y facilitar la vida de la ciudadanía, no hay administración más eficaz que los ayuntamientos, un potencial que queda diluido cuando los personalismos entran en juego.

En Torremolinos, durante lustros víctima del abuso de poder y el desprecio al consenso, los cinco grupos municipales representados en la corporación han acordado bajar el IBI más de un 23 por ciento. Para cualquier persona libre de patologías, el pacto alcanzado para reducir una presión impositiva a todas luces desproporcionada supondría una buena noticia, reconfortante incluso ahora que parece imposible que partidos con planteamientos tan opuestos como el PP o Podemos remen en la misma dirección. Porque garantizar el funcionamiento de los semáforos, mantener limpias las calles o equilibrar impuestos y servicios básicos requiere más sentido común que ideología.

Cualquier estrategia o modelo de ciudad presenta componentes ideológicos evidentes, especialmente en áreas como el urbanismo o la economía, pero la administración local abarca tantos otros frentes relacionados con la gestión diaria y el contacto con los vecinos, lejos de posiciones partidistas, que el escaso número de acuerdos alcanzados esta legislatura en muchos municipios de la Costa del Sol supone un fracaso incomprensible tanto para las formaciones tradicionales como para los nuevos partidos y su incumplida promesa de regeneración. La bajada del IBI, probablemente la medida de mayor alcance tomada este mandato en Torremolinos, continúa la senda de normalización administrativa y democrática iniciada por el Ayuntamiento y escenifica la capacidad de todos los grupos municipales de aparcar sus propios intereses para centrarse en la resolución de los problemas que más afectan a los vecinos. En contra de la opinión de quienes conciben la política como una pelea de gallos, mantener esa tónica no supone hacerle el juego al partido que gobierna, sino acumular avales para presentarse ante el electorado en 2019 con algo más que una montaña de reproches.

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