ACUEDUCTO

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

LA Academia mantiene la definición de acueducto como conducto de agua formado por canales y caños subterráneos, o por arcos levantados. Es la tradicional. Nosotros, los hablantes, le damos un significado adicional. A diferencia de puente que tiene dieciséis acepciones además de la evidente: construcción de piedra, ladrillo, madera, hierro, hormigón, etc., que se construye y forma sobre los ríos, fosos y otros sitios, para poder pasarlos, es también, según la docta institución, el día o serie de días que entre dos festivos o sumándose a uno festivo se aprovechan para vacaciones. Lo que hemos vivido la pasada semana y, casi todos los meses de diciembre es más que un puente: es un acueducto. Y una demostración de que no podemos ponernos de acuerdo ni siquiera en lo más elemental: la unificación de las fiestas laborales para una adecuada ordenación del trabajo y del jolgorio. Tener dos festividades separadas por una jornada no parece lo más sensato.

Nuestra Constitución que está tan de moda en esta época, en la que quien más quien menos insiste que hay que modificar, no se sabe muy bien como, porque tiene ya casi cuarenta años, como si este período fuese indicativo de una inevitable obsolescencia, no tuvo suerte en cuanto a las fechas. Se aprobó por las Cortes en octubre, se convocó un plebiscito para su ratificación -fue la primera de las varias constituciones que han regido en España que se aprobó por la ciudadanía aunque ahora muchos se empeñen en olvidar ese capítulo de la historia- el 6 de diciembre y se sancionó por el rey el 27 de ese mes, en un acto solemne cuya imagen se nos ha quedado grabada a los que tuvimos la suerte de circular en este mundo por aquellas fechas. Iba a ser publicada en el Boletín Oficial del Estado al día siguiente, como es lo natural, pero un clarividente descubrió que no era políticamente correcto que coincidiera con los Santos Inocentes, oportunidad por excelencia para tomarle el pelo al prójimo. Por eso, se esperó hasta el 29. Por Real Decreto 2964/1983, de 30 de noviembre, se estableció para conmemorar el magno acontecimiento del referéndum que la efemérides se recordaría celebrándose las actividades cívicas por las autoridades y permitiéndole al soberano pueblo que las presenciase quedándose en casa o saliendo a la calle sin concurrir a sus actividades habituales. La Iglesia Católica se mantuvo firme en conservar la fiesta de la Inmaculada Concepción de María con el sólido argumento de la devoción mariana y por el nada despreciable de que es fiesta de guardar desde 1644, cuando los reinos de su Majestad Católica era un imperio donde no se ponía el sol. En esto como en tantas otras cosas, España fue una adelantada porque el papa tardó un siglo, o casi, en consagrarla como fecha especial en toda la cristiandad. No es móvil este día porque determina los nueve meses exactos hasta la Natividad, el 8 de septiembre, que tiene quince siglos o más de antigüedad. Así que, en los prolegómenos de la Navidad cuando se paraliza el país durante más de dos semanas, nos quedamos con este irremediable accidente calendario.

Marbella ha estado a reventar; no se podía andar por las calles ni por el paseo marítimo. El próximo año, si esto sigue así, nos vamos a ver obligados a adoptar las medidas de doña Manuela y transformar las vías peatonales en recorridos de sentido único. Allí, la señora tampoco se ha quedado sola porque la mitad de los madrileños parece que se han venido aquí pero han sido sustituidos por otra pléyade de ciudadanos que se han sentido impulsados a ir a ver la iluminación de la capital como si en sus respectivos pueblos se estuviese a oscuras. Hemos echado la casa por la ventana y en calles y avenidas donde no se colgaban luces se han decorado de manera muy digna y llamativa. Nos falta un poco para opacar a la calle Larios donde se han colocado todas las bombillas del mundo mundial pero por algo se empieza.

En las terrazas no cabía nadie más, el tiempo se portó -cierto es que ahora se porta casi en todas partes- incluso hay nieve no sé cómo porque ni lleve ni nieva pero allí está.

Esta temporada tiene tres inconvenientes, puestos a ponerlos. La desigualdad que se establece entre los privilegiados que se toman la semana completa, o casi, y los desgraciados que nos quedamos en nuestro puesto, las estadísticas de la Dirección General de Tráfico con los accidentes que aumentan exponencialmente y que ya nadie se acuerda de mi onomástica.

Salvo Pepe Conejo, claro.

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